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| por Antonio Guerrero |
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Cal y azulejos. Dos palabras que definirían, de
forma minimalista, a los pueblos andaluces.
A la vera de la blancura casi hiriente de sus paredes,
aparece el abigarrado y colorista azulejo como sobreviviente de
la antigua cultura del Al-Andalus. Altos zócalos de bellísimos
e iridiscentes azulejos permanecen en zaguanes y patios de
Andalucía, oponiendo resistencia a modas y materiales
foráneos. Mientras las vasijas y platos de cerámica, frágiles y poco
apreciados cuando sufrían deterioro, apenas han llegado hasta
nuestros días a través de los siglos, los alicatados y los
azulejos se han protegido permaneciendo firmemente adheridos a
las paredes. La piqueta se ha llevado muchos ejemplares de la
industria azulejera, pero en palacios, conventos, iglesias y
patios de Andalucía se conservan, afortunadamente, paños
cubiertos por azulejos fabricados dentro de los últimos
seiscientos años. Aunque la evolución de la lengua, en ocasiones, sustituye
significados, convendría no olvidar que alicatado no es solamente
-mejor aún, podría decirse "ni exactamente"- la
colocación de azulejos sobre las paredes. Las definiciones más
acertadas describían alicatar como: cortar o raer los
azulejos para darles la forma conveniente (del ar. alocat
espejuelo). Esto es, los azulejos eran piezas de diferentes
tamaños, proporciones y colores que se ensamblaban entre sí
para formar un todo, a diferencia de los azulejos actuales que
son baldosas que, en general, mantienen unos formatos uniformes.
Es evidente que la habilidad y complejidad que suponía la
meticulosa talla de las piezas, fue suplantada -con un efecto
visual parecido pero menos artesanal- por el azulejo, primero
primoroso y de ejecución manual y, posteriormente con el
transcurrir de los siglos, por elementos de fabricación
industrial en grandes series. Entre los siglos XV al XVIII, los alfares sevillanos, y de
otras zonas de Andalucía, produjeron una gran cantidad de
azulejos como consecuencia de la extraordinaria demanda que esta
decorativa variedad cerámica, producía. En el siglo XVI,
incluso se empleaba una frase, a títulos de amenaza o
maldición para el futuro: ¡No harás casa con azulejos! Las técnicas principales empleadas, de las cuales algunas
han caído en desuso, son las siguientes: Alicatados: Los más
antiguos encontrados en Sevilla se remontan al siglo XII, y
fueron ejecutados por manos de artesanos almohades. Con
alicatados se cubrían suelos, paredes, poyetes, arriates, etc.
como pueden encontrarse en los más importantes monumentos de la
época de Al-Andalus y posteriores. Desde al patio las Doncellas
en el Alcázar de Sevilla (siglo XIV), portada de San Isidro del
Campo (siglo XV) y patio de los Arrayanes en la Alhambra de
Granada (siglo XVI). Los albañiles especializados cortaban con
el pico cada una de las piezas, en forma de estrellas,
cuadrados, rombos y polígonos (llamados aliceres) en los
colores más usuales, blanco, verde, azul y melado (color de
miel). En muchos suelos en que aparece el alicatado como de
barro cocido visto, puede apreciarse que en los rincones y junto
a las paredes aún permanecen restos del vidriado original, que
fue desgastado por el paso durante centenares de años. Cuerda seca: Fue la primera etapa evolutiva en el camino del abaratamiento de los difíciles y costosos alicatados y tuvo un fuerte empuje en Sevilla durante la primera mitad el siglo XVI. Para conseguir un efecto parecido, pero de mayor rapidez de ejecución, se estampaba sobre losetas de barro cuadradas, la cuerda seca o perfil que mantenía separados los distintos colores para que no se mezclaran antes de la cocción. El procedimiento era ingenioso. El perfil separador estaba formado por una materia grasa coloreada. Debido a que los colores que se aplicaban eran disoluciones acuosas, éstos quedaban cercados y limitados por la cuerda seca grasa.
El horno solidificaba los colores y fundía y
eliminaba el perfil graso. Con este tipo de azulejos, más
propiamente con baldosas vidriadas de estas características, se
cubrieron los zócalos de la Iglesia de San Gil, las capillas de la
Casa de Pilatos y del Palacio de las Dueñas, todos ellos en
Sevilla.
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Cuenco o arista: Este procedimiento surgió, posiblemente casi al mismo tiempo o poco después que la cuerda seca, y venía a sustituir también al laborioso alicatado. Coexistió y rivalizó con la cuerda seca durante casi un siglo, sustituyéndolo definitivamente por sus mejores cualidades en cuanto a la separación del color. Este sistema ha sobrevivido hasta nuestros días, empleándose en la actualidad por los azulejeros andaluces, aunque en producciones limitadas. En este caso, al igual que los esmaltes, unos finos perfiles más elevados cerraban los distintos colores. Sus precedentes se encuentran en losetas del siglo XIV, empleadas en distintos lugares, entre los que destacan los existentes en el Claustro del Lagarto en la Catedral de Sevilla. Los azulejos de arista que alcanzaron un enorme éxito en Andalucía -la prueba es los numerosos conventos, iglesias, palacios y patios en los que permanecen estos azulejos- apenas fueron exportados a otras regiones de la península, si excluimos Portugal, de donde llegaron pedidos para la Catedral Vieja de Coimbra y para la iglesia de los Jerónimos de Cintra, entre otros. Cuando el dibujo estaba repartido entre dos azulejos, con lo que era necesario colocarlos adecuadamente uno a continuación del otro, se llamaban "dos por tabla". Estos tuvieron una frecuente aplicación en los techos. La armónica combinación de elementos decorativos y la conjunción de temas geométricos y vegetales que permitían con el procedimiento de la arista rellenar grandes paredes, fueron las claves de su éxito. De algunos maestros azulejeros sevillanos ha quedado constancia. Los Reyes Católicos encargaron a Ferrán Martinez Guijarro, ya conocido por sus exportaciones a Portugal, revestimientos para el Alcázar de Sevilla. (Ferrán era en aquella época el equivalente a nuestro Fernando actual. En catalán este nombre es vigente todavía). En los documentos del marqués de Tarifa, se encuentran los nombres de Diego y Juan Polido como responsables de la fabricación de los azulejos de su palacio en Sevilla (posteriormente llamado Casa de Pilatos) considerado una de las obras más destacadas de la azulejería española. Estos mismos alfares trabajaron para la Alhambra de Granada y para numerosísimos palacios, iglesias, conventos y otras edificaciones. Azulejos planos o pisanos: Alrededor de 1500, Niculoso Pisano, un artista procedente de Italia y afincado en Sevilla, introduce el azulejo plano pintado. Este procedimiento, que respondía perfectamente a la moda renacentista, facilitaba la "pintura", con pigmentos adecuados, de escenas o retablos sobre grandes superficies formadas por baldosas. La base de baldosas, con una primera cocción, era el equivalente al lienzo en caso de la pintura al óleo o a la pared en la decoración al fresco, que luego eran sometidas a una segunda y definitiva cochura. Es evidente que este sistema no estaba al alcance de meros artesanos del barro, ya que su apreciación y mérito estaba en relación con la calidad artística de los ejecutantes. En realidad eran, como en el caso de Pisano, pintores que habían emigrado a otro procedimiento pictórico. En 1504, Niculoso Pisano realiza dos retablos de azulejos para el Alcázar de Sevilla. Uno de ellos fue destruido, mientras el otro permanece en la capilla llamada de los Reyes Católicos. El motivo central es "La visita de la Virgen a su prima Santa Isabel", siendo el conjunto de este retablo una de las piezas más destacadas de la azulejería andaluza y española.
Rodeando a la parte central donde se muestra la escena indicada, sobre lo que podría denominarse "marco del cuadro", están representados múltiples temas: ángeles, patriarcas, cintas, lámparas, etc. y a ambos lados los escudos de Fernando e Isabel. |
Los estudiosos han destacado que en esta
obra se encuentra un curioso "desajuste" de estilo
entre las figuras del panel central y la de los paneles que le
rodean. Mientras en estos últimos tanto los motivos como la
factura casi caligráfica patentizan su procedencia italiana,
las figuras centrales tienen una marcada influencia del
renacimiento centroeuropeo, tanto por los ropajes como por sus
posturas. Es muy probable que Pisano utilizara algún grabado
flamenco como inspiración, o que le fuera encargado
expresamente la reproducción de la obra algún otro artista.
Niculoso Pisano se casó con una sevillana y se integró
perfectamente en la capital hispalense. Recibió frecuentes
encargos de otras provincias españolas. Es de destacar el
retablo de la iglesia de Flores del Campo en la provincia de
Ávila (1526). En el Rijksmuseum de Amsterdam se conserva un
panel de azulejos, obra de Pisano, que había pertenecido a los
reyes de Portugal. Otros muchos maestros azulejeros destacaron en aquella
época, tanto antiguos olleros sevillanos como otros italianos
que emigraron a Andalucía. Entre estos últimos sobresale
Antonio Sambarino, que también dejo sus obras en el Alcázar de
Sevilla, haciendo las decoraciones de los cuartos de Hércules y
del Sol. Durante el siglo XVII se continuaron haciendo azulejos
"estilo pisano", entre los que destacan los de la
iglesia de San Jorge, en el hospital de la Caridad, para los que
don Miguel de Mañara había solicitado la colaboración de
Murillo, de quien, tal vez, sean los cartones de los bocetos.
Con las representaciones de santos, según el destino,
coexistían grandes paneles florales de estilo plateresco. En el siglo XVIII la moda tiende -en Andalucía, Cataluña,
Talavera y Alcora- hacia paneles con imágenes de
interpretaciones históricas, como los que se encuentran en el
hospital de mujeres de Cádiz o en el salón de Diputados del
Ayuntamiento de Córdoba. No obstante, los paneles de azulejos
más característicos de este siglo son las escenas llamadas de
"montería" de gran arraigo popular. En 1929, en Sevilla, con motivo de la Exposición
Iberoamericana se realizó un enorme esfuerzo para decorar con
azulejos sevillanos algunos de los edificios más emblemáticos
que se construyeron. En la conocida Plaza de España, se hizo
una sobresaliente labor de azulejería mediante infinidad de
adornos con este material, así como paneles de azulejos
dedicados a representar las escenas históricas más
sobresalientes de cada provincia española. Los puentes que
salvan el estanque semicircular de ésta plaza están bellamente
decorados con azulejos tanto en sus barandas como en los
escalones y laterales. Este viejo arte de los paneles de azulejos se conserva en
Andalucía como una de sus tradiciones más destacadas, aunque
con una importancia menor en la actualidad. En Sevilla el
turista puede adquirir como souvenir Vírgenes de la
Macarena, Cristos del Gran Poder o lances del toreo pintados
sobre losetas de azulejo plano.
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