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Comenzaba Julio, y lo hacía caluroso. Era un viaje a través de la Andalucía
auténtica. Un viaje a través de personas sencillas, genuinas, que nos mostraban gestos,
señales de quién y cómo es el pueblo andaluz.

En Córdoba, la intención era visitar la Mezquita aquella mañana,
pero algo nos hizo acercarnos al Museo Julio Romero de Torres. Y allí estaba mi primer
personaje; silencioso, repitiendo de forma automática: ¡no flash, no vídeo!.
Pero algo, en el interior de su mirada, me hizo pensar que era alguien a quien merecía la
pena conocer. Lo cierto es que dos horas después, compartíamos cervezas y anécdotas,
sentimientos y añoranzas de esta tierra tan querida. Poco a poco, el corazón de aquel
hombre, aparentemente huraño, se abría hacia nosotros y nos contaba historias acerca de
los cuadros, de las modelos que el
pintor utilizó, de la familia de Julio a la que él conocía personalmente.
Sus ojos brillaban con intensidad. Sabía mucho, leía todo acerca
de la pintura
que contenía el museo y que él humildemente salvaguardaba.
Ángel, amaba su trabajo, disfrutaba con el arte, hablaba y hablaba sin parar sobre los
entresijos de cada cuadro. Nos contó cómo visitaba, en silencio, su museo cuando aún
estaba vacío, y cómo se emocionaba ante ciertas telas. Cómo su ritual, era el homenaje
más auténtico al pintor, pues no
por haberlos visto miles de veces, este hombre sencillo, llano, se emocionaba menos
ante la belleza plasmada en aquellos rostros, en aquellos ojos de mujer andaluza. Sentí
un pellizco en el corazón y un impulso que me hizo despedirme con un gracias
emocionado. Había aprendido mucho de aquel hombre, custodio de tanto tesoro.
Al día siguiente, con una temperatura de 46ºC en la bella Córdoba -la máxima de
España, según decían- teníamos proyectada una visita guiada a Madinat al-Zahara y
parecía casi imposible hacerla. Pero para nuestra sorpresa, la guía se presentó tal
como su nombre, Alegría. No dio importancia al calor ni a que el autobús, no tenía aire
acondicionado o, si lo tenía, no se notaba.
Nos enseñó las ruinas con mucha paciencia y profesionalidad, y
trató al grupo con tal delicadeza, que buscaba cada minúsculo atisbo de sombra para
detenerse a dar sus explicaciones.
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Su voz cantaba, como sus ojos de un intenso azul-verdoso.
Supo hacer de una tarde difícil, algo encantador, agradable y amable. Se detuvo
con el personal de mantenimiento que a aquella hora de la tarde ya estaba achicharrado, y
cada uno esbozó una sonrisa después de su marcha. ¡Nunca vi un nombre tan bien puesto!.
Aquella noche, decidimos cenar en un restaurante precioso y con una cocina
excelente. Soñaba desde hacía años con el salmorejo y el cordero a la miel.
El taxista que nos condujo hasta allí, era salero puro. Diez de la noche y la gracia a
flor de piel. Nos hizo sonreír primero, y reír abiertamente después. No recuerdo
entonces cómo ocurrió, pero iniciamos una conversación más profunda. Hablamos de
la tierra andaluza, del sentir andaluz y, repentinamente, se arrancó por
seguidillas con una voz envidiable. Los turistas pagan dinerales por oír cantar la mitad
de bien de lo que lo hacía aquel
taxista anónimo, escondido tras el retrovisor. Desinteresadamente,
cansado de la jornada, nos deleitaba con lo que le salía del corazón en cada instante.
Fue una experiencia inaudita.
Por fin estaba ante mi añorado salmorejo y entre copa y plato, camarero y
maitre, establecie- ron una situación de complicidad casi cómica. Se pinchaban uno al
otro y nosotros en medio de aquella parodia pasamos una noche tan deliciosa que nos vimos
"obligados" a repetir al día siguiente.
Esa segunda noche, el maitre ya parecía un amigo de toda la vida, como un amigo de
internet, y se las arregló para acercarse mientras atendía mesa y mesa para contarnos de
su vida, de sus inquietudes, de su hija.
Eso es lo que me gusta del corazón andaluz, que no tiene barreras, se abre allí donde
cree conveniente, sin ningún manual de instrucciones.
De regreso, un nuevo taxi nos lleva por un recorrido nostálgico a los lugares
del ayer, con un hoy distinto, nuevo, mejor.
Aquel hombre, cercano ya a la jubilación, supo ser respetuoso, y en cada rincón de mi
visita permaneció mudo, casi invisible, para no molestar, y que yo pudiera hacer mi
visita, mi reencuentro con lugares y situaciones, a mi manera. Debimos volverlo loco
con tanta vuelta, con tanta parada. Su silencio se lo agradezco. Supo estar sin estar.
Al día siguiente, la visita a la judería, fue de lo más inusual que podía
imaginar. Una señora, compartió con nosotros risas, alegrías y complicidad. |
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Era la vendedora de una tienda, que no necesitaba vender más, sólo
compartir la alegría de su cumpleaños, mostrar su ramo de flores con rosas amarillas,
rosas
y blancas, recién traído. Enviado por su marido, aún detallista después de 25 años de
matrimonio.
Se reía de feliz que era, nos leía la dedicatoria y si hubiera tenido una foto de
él, nos la habría mostrado, también. Las alegrías, los momentos felices, lo son más
si se comparten y esta andaluza feliz, lo sabía. Sus ojos brillaban. Eran ojos
cariñosos, dulces, de miel. Sus empleadas, jóvenes, estaban como ausentes de la escena.
Ella sintonizó con nosotros, sabía que comprendíamos de qué hablaba, qué sentía.
Ella sabía que captábamos que se encontraba feliz.
Allí la dejamos con sus rosas y sus regalos en casa esperando por su mano ansiosa a
descubrirlos. Su espontaneidad era todo un símbolo del carácter
andaluz, que no reprime, sino muy al contario que, expresa sus sentimientos con tal
orgullo que es un placer poder compartir esos instantes con ellos.
Como cada día a nuestro regre- so al Parador, nos deteníamos con Juan, el pianista.
Andaluz emigrado a Venezuela, que ha regresado hace pocos años a su tierra. Estaba donde
quería, atrás quedaron añoranzas de gentes, de sabores no olvidados, de lugares
guardados en la mente con respeto, y que surgían en malos momentos como una
esperanza de volver.
Ahora todo eso estaba aquí. Todo eso era, no parte de su vida, sino su vida misma.
Por las noches hacía lo que más le gustaba: dedicarse a la música. Durante el día
ayudaba a otros emigrantes a regresar o a sus familias a sobrellevarlo. Una O.N.G. le
permitía estar cerca de los lejanos, como él lo había estado antes en Barquisimeto, de
dónde llegó con su esposa, venezolana, hace ahora 3 años.
Su mirada ha
vuelto a tener el no sé qué que tenía antes. Su música, ha mejorado desde su regreso.
Ahora, un hombre andaluz que no dejó nunca de serlo, por fín estaba en casa. Al vernos
llegar al salón para saludarlo, comienza a tocar Imagine en el piano ...
Silencio, paz, sentimientos.
Sólo mi Andalucía tiene todo en un instante. Ella te prepara el alma, te enseña el
cómo. Sus gentes te responden los por qués y tú sólo puedes seguirlos, dejarte llevar.
Si tienen la verdad ¿por qué no creerles?
Si tienen la palabra ¿por qué no escucharles?
Si oyes su canto ¿por qué no acompañarles?
Sientes, sabes que su verdad, es LA VERDAD, ¿por qué negarla?
Seguiremos intentando descubrir Andalucía en cada rincón del alma andaluza, a través de
tierras y gentes de Granada, Arcos, Sevilla...y que ellos nos guíen por un mundo real de
trabajo, verdad y sentimiento.
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