Andalucía a través de sus gentes (y II)
por Rosa Romero



Hemos recorrido Córdoba, y sus gentes nos han guiado por caminos de diferentes emociones. Trataremos de seguir de la mano de la gente andaluza, por otros caminos y otras emociones. Despiertas y la luz de la ventana te trae intensidades nuevas. Amanece un nuevo día, un día para Granada. La Alhambra nos esperaba, a pocos metros. Julio llegaba a su mitad y me emocionaba pensar que por fin estaría en La Alhambra. Sueño de mucho tiempo, revivir su belleza, escondida en cada rincón. Ser capaces de alejarnos del turista, mirar con otros ojos lo que nos cuentan sus ventanas, sus arcos, cada rincón. Un misterio que espera a quien desee descubrirlo. Con cierta pena veo los grupos de turistas en pos del guía que les da, comprimida, la historia de cada rincón, y lamento que ellos no necesiten imaginar cómo fue la vida en aquel marco inigualable. Habíamos estado ya en Córdoba y habíamos visto la misma actitud en el turista, es cierto, pero aquí me dolía más que subieran y bajaran como un rebaño tras el pastor sin ver en realidad, sin apreciar la belleza auténtica.... claro, que cada uno encuentra sólo aquello que va buscando... "Cada uno ve su propia Alhambra, su propia Granada", eran las sabias palabras de un buen amigo que la visitó recientemente. Cada persona, en realidad ve la vida con ojos propios, es cierto, pero admirar la grandiosidad de aquella obra, dejando que el alma se escape y vague libremente, sin destino, en aquellas salas, es un ejercicio que te hace sentir transportada, plena, feliz y no puedes explicarlo. Casi sientes las voces de siglos, que te cuentan cien historias, mil leyendas. Rumor de agua, olor a Andalucía. Cierras los ojos y la aspiras. Además, nosotros tuvimos la suerte de conocer a una persona maravillosa en Granada, maestra de saberes y señora en su forma de hacer y decir las cosas. Ella supo, en cada palabra, transmitir el amor a su tierra a muchos chavalillos en su infancia, ella respira sabiduría, historia, cultura real y no esos sucedáneos que nos venden en libros y folletines que supuestamente nos hablan de nuestra Andalucía. Ella nos enseñó el Albaicín, recorrió sus recovecos con nosotros, mientras nos miraba a los ojos emocionados de sentir que amábamos su tierra, nos explicó mil historias, nos transmitió la inquietud por saber más. Si este viaje tiene un nombre para el recuerdo, es el de ella. Nos emocionó con una visión de la Señora (La Alhambra) como la llamaba, iluminada en una noche de olores de jazmín y brisa muy suave. Nuestra mesa en el restaurante, en un Carmen, estaba justo enfrente, un delicioso ir y venir de platos de sabor delicado, presentación impecable. Conversación íntima, confidencias a media luz, y un sentimiento a flor de piel: Andalucía es momento, instante, es magia.

Nunca sabes cual va a ser el lugar ni la circunstancia que hace que nunca olvides esa instantánea. Se hace mágica y sabes que la guardarás en sitio diferente y preferente de los recuerdos y que a la hora de desempolvarlos, una lágrima se atravesará en la garganta... ¿no les ocurre a ustedes con algun algún recuerdo? ...pues éste es el mio. Gracias Julia, por ofrecérmelo.

Tardamos tres días en ver La Alhambra, aunque bien sé que quedan muchos rincones aún por explorar, pero un pequeño accidente hizo que mi tobillo no me ayudara en el recorrido, y aún no sé si el ir a cenar a un restaurante recomendado por un buen amigo fue buena idea o sus pequeñas escaleras fueron puestas ahí por venganza...
No me importó aquel pequeño percance porque había pasado una noche espléndida dentro de la Alhambra, media luna en la noche que nos acompañó por sus rincones iluminados de luz indirecta, tenue, casi tímida, y había tenido la oportunidad de sentarme durante mucho rato en mi sala preferida, las de las Dos Hermanas, mirando en silencio hacia el techo; casi percibiendo conversaciones de hace siglos ancladas para siempre en aquellos muros, cuchicheos, confidencias, intrigas que ocurrieron en aquella sala maravillosa, de paredes grabadas de manera inigualable.

A la mañana siguiente, en un recorrido ya sosegado, disfrutando del ambiente, mi tobillo me obliga a tomar asiento en unos escalones frente al palacio y el pórtico del Partal. Olores, gentes que no tienen prisa en aquella mañana de domingo, brisa y una sensación de paz y plenitud que hace que mi despedida de la Alhambra fuera armoniosa y cálida.

Lo que sé es que tardamos varios días en recuperarnos emocionalmente de nuestra visita, menos mal que el dueño de una tasquilla en Granada nos devolvió a la tierra y nos hizo  reír como nunca. Era un seductor nato. Te vendía lo que él quería, comías finalmente lo que él decía, te hacía gracia observar que una tras otra, las mesas eran envueltas por su gracia natural, por la frase más adecuada para la circunstancia y siempre antes de cerrar la libreta con la comanda de la comida, los comensales reían sin parar. Decía que estuvo en Canarias trabajando, debió ser verdad por los datos que daba. Que tenía una novia canaria y otras lindezas de la tierra eran ya puro marketing, pero con mucha gracia y salero, de ese natural sin conservantes ni adulterantes. Imagino que la novia sería catalana o gallega para la mesa de al lado, pero ese era su juego y era divertido ver como todos seguían el juego en aquella pequeña tasca...

Nos marchamos de Granada con una sonrisa en los labios y una emoción intensa en el corazón.

Casi al marchar nos detuvimos en una tienda de souvenirs, grande, regentada por una señora de mediana edad, guapa aún hoy, que nos guió por vitrinas y estantes en busca del detalle un poco fuera de lo común, cristal, bisutería, hermosos detalles...
Al fondo en una silla, una hija guapísima, morena, digna de ser la modelo de un pintor, fotos de ella por todos lados, en fiestas, actos públicos, etc. La hija no se movió. En aquella silla baja dejaba ver coqueta su escote generoso y su piel morena auténtica. Ojos verdes, enormes. Dejaba que la admiraran los que se encontraban en la tienda en aquel momento, era como una escultura, cálida y bella, invitándote a sentir que la belleza existe.

De pronto se oye una especie de gritito en un rincón, y una cría de unos 16 años aparece balbuceante, sus facciones inevitablemente te devuelven una imagen contraria a la de su hermana. Su retraso en el hablar y el andar, su balbuceo y su mirada perdida hacen que el contraste sea impactante. Me llena de besos en un instante.

Su madre con una mirada triste, nos dice: "Son hermanas". La mayor, sigue dejando que la admiren, y de pronto sale de la tienda sin mediar palabra, sólo con una sonrisa para realzar mas aún los dones tan desigualmente repartidos.

La pequeña, cariñosa, se sienta a jugar en el suelo, y sus 16 años parecen ahora cinco, que los que realmente debe tener a juzgar por su grado de retraso.

Su madre le acaricia el pelo y nos mira en silencio. Nunca había visto los dos lados de la moneda a la misma vez de forma tan impactante. Finalmente no compramos nada, pero, como hacía calor, nos regaló dos abanicos. Nos alejamos con pena de esta ciudad y de su gente. Ellos sienten aún el orgullo de lo que fue el esplendor de Garnata y son afortunados al tener tantos testimonios que se lo recuerden.

Nuestro recorrido ahora nos llevaba de vuelta a Sevilla. Nuestro amigo Rufino, en Umbrete, nos recibe con alegría como si nos conociera de toda la vida, aunque sólo hemos estado en su bar dos veces. Me da la receta de uno de sus platos mejores -el revuelto de habitas- ríe y se esconde tras la barra cuando un toro de fuego aparece por las calles.

Una niña de enormes y expresivos ojos me explica con detalle que és aquello, que yo nunca había visto. Se asombra de mi ignorancia y me repite: "¡es peligroso! y da miedo". Pero como ya saben, la ignorancia es atrevida, no le hize hice caso, y me quedé a ver aquel toro de luz, fuego y miedo.

Aquel hombre grande, muy grande , en la barra chica, contaba anecdotas, mientras reía sin cesar. Aquello más que un bar de pueblo, era un centro de reunión de amigos, pues tanto estabas tú delante como detrás de la barra. Estuvimos muchas veces con amigos diferentes y todos se asombraban de lo llano del trato y la simplicidad de las emociones demostradas. Simplemente es un andaluz autentico este Rufino, dice lo que siente, pero lo más importante, siente de verdad. Recuerdo como han ido pasando los días, y ya queda apenas una semana para que tengamos que regresar... pero queda una sorpresa que, por inesperada, fue más impresionante. Ocurrió en Arcos, mejor dicho, fue Arcos lo que me ocurrió. Algo sucedió allí con todo aquel sitio. Me quedé prendada del lugar y sobre todo de sus gentes. Era un cuento y te encontrabas en él. Allí no necesitabas hacer nada especial, sólo estar, aspirar aquel lugar con emoción y sentir que allí todo tenía una medida diferente. Nunca vi gente tan campechana ni tan amable. Te trataban como del lugar, con muchísimo cariño, como si fueras de la familia. Lo que me resultaba extraño es que eso puede ocurrirte con alguna persona en particular, pero aquí era generalizado. Jamás he conocido gente igual.

Cuando me iba leí una propaganda de turismo y curiosamente en la oferta de las maravillas de Arcos se hablaba del carácter y la hospitalidad de sus gentes. Era cierto.
Ya tenía la maleta abajo y quise regalarle un ramo de rosas amarillas, que tenía en mi dormitorio, a la camarera que durante tantos días nos atendió con afecto y familiaridad.
Su marido, el maître, la fue a buscar a la cocina y aquella mujer, regordeta, bajita abrió sus ojitos redondos, los abrió mas aún y me plantó un beso mientras corría a la cocina de nuevo. Aquellas rosas ya me habían emocionado a mi una noche, ahora volvían a tener cometido con aquella simpática señora. Sevilla nos despide con una maravillosa cena en nuestro restaurante favorito, con el dueño sentado a la mesa al final de la cena, invitándonos a fiestas en barco. Era el día del Carmen pero ya no podíamos asistir, -¿al Rocío del año que viene, entonces? A lo que sea, pero invitando siempre. Sabe de nuestro afecto por su tierra y le dice a Manuel, su camarero-amigo de confianza que nos cante algo. Manuel siempre tuvo mucha simpatía por mí, no se si es que le hacía gracia mi acento o porque yo no supiese limpiar demasiado bien el pescado y siempre necesite ayuda, pero siempre tenía una broma o un guiño para mí. Era agradable saber que estabas en buenas manos, que lo que comes es de la mejor calidad y con el mejor cariño.
Manuel había recorrido mucho mundo, pero Sevilla, su tierra, era lo mejor. Él lo sabía y yo lo sabía también. En su mirada, a lo lejos, cuando recordaba su emigración, su trabajo duro, arduo, en lugares y situaciones casi inverosímiles se veía un tinte intenso de satisfacción por haber podido regresar finalmente, al final casi de su vida laboral, adonde siempre quiso estar, su casa. Me recordó a otro chaval que conocí en Arcos, que contaba algo parecido: por muchos lugares que recorras, sólo te encuentras a gusto cuando regresas a casa, a Andalucía, a tu tierra, donde sabes que puedes expresarte tal como eres, que entiendes que ser espontáneo, genuino, natural, es la mayor de las virtudes. Ha sido una experiencia inolvidable para mí sentir a estas gentes, mucho más que apreciar paisajes que ya ves en reportajes y fotos, si quieres. Si me gusta visitar y vivir -si pudiera- en Andalucía es por sentir en toda su plenitud la sinceridad al expresar emociones, el no esconder para otro día, o para después, lo que piensan o creen. Siempre he creído que no debemos escatimar nuestras emociones porque no sabemos si quizás tengamos que arrepentirnos de lo que no decimos.

Andalucía es para mí eso, sentir. Caminar juntos, sabiendo que hablamos el mismo idioma, el del corazón, el del sentimiento a flor de piel. Su gente es puro instinto, pura emoción no contenida. Y eso es lo que les hace diferentes, inigualables, mejores, más auténticos. Les hace entrañables. Impide que se te escape ningún instante porque todos son reales en su contenido y en su forma y eso, en este mundo tan cambiante, tan hipócrita, es todo un privilegio. Como lo es ser andaluz.



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