Orígenes y técnicas (I) |
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Durante miles de años, las tribus, en sus
migraciones transportaron con ellos sus vasijas y recipientes, y sobre ellos dejaron una
impronta de su cultura. En los yacimientos arqueológicos los abundante objetos de
cerámica encontrados han servido para tener un mayor conocimiento de la época y de su
civilización. Por las vasijas realizadas por los tartesios, encontradas en el Poblado Bajo de El
Carambolo (Sevilla) conocemos que estas eran similares o otras ibéricas
encontradas en distintas zonas peninsulares. Es decir, de barro cocido sin elementos
decorativos pintados. Los adornos están modelados sobre la propia arcilla, en forma de
incisiones superficiales o pequeños relieves, cordones, etc.. Realizado en barro cocido, también, de una época que se estima sobre
el siglo VI a. J.C. se han encontrado multitud de objetos, como estatuillas, vasos de
ofrendas, candiles, etc. presentando algunos de ellos influencias cartaginesas y egipcias.
Con las sucesivas arribadas de fenicios, cartagineses, griegos y romanos, la cerámica
fue enriqueciéndose con nuevos elementos decorativos pintados sobre ella. En las primeras cerámicas del islam andalusí, pueden observarse estas
influencias, que se mezclan con las aportaciones beréberes y orientales con marcados
acentos iraquíes, persas e incluso chinas. La civilización islámica de al-Andalus, mejoró notablemente la calidad de la
cerámica, influyendo sobre la de toda la Península Ibérica y una parte de la cuenca
mediterránea. A finales del siglo X, se crea en al-Andalus una técnica totalmente original e
innovadora, la denominada cuerda seca. Este sistema permitía,
como variante del vidriado normal, que los colores se mantuvieran separados entre si,
delimitados por unos pequeños relieves, sin llegar a fundirse y mezclarse ya que no
tenían contacto entre ellos.
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Otro hito importante se produjo cuando en el reino nazarí
se inició la fabricación de la excepcional cerámica de reflejo metálico.
Los orígenes de este tipo de cerámica son algo confusos, ya que parece proceder de
Mesopotamia, y haber pasado por Irán, Siria y Egipto. El efecto que tuvo que producir la decoración dorada de platos y vajilla sobre los
comensales, es algo difícil de imaginar, máxime si se tiene en cuanta que el Islam
prohibía el uso de las vajillas de oro. Esta nueva técnica cerámica, producía piezas
de una excepcional y cuidada calidad, que al mismo tiempo que no transgredía las normas
religiosas, permitía el disfrute de un lujo, que hoy denominaríamos
"oriental". Junto a esta cerámica de alto nivel, coexistía otra normal y
sencilla usada por el pueblo, con profusión de simbología islámica. Gracias a anotaciones de los antiguos alfareros que han llegado a nuestros días, se
conoce que en la receta entraba el cobre, el cinabrio y el vinagre, a la que añadían,
algunos de ellos, una moneda de oro para enriquecer el brillo dorado cobrizo. El lugar donde se producía la cerámica de reflejo metálico es un punto de
conroversia entre los distintos historiadores. Algunos la sitúan en Granada, próximo a
la corte, y otros en la Alcazaba de Málaga, bajo vigilancia de guerreros, como si de un
secreto militar se tratara. La idea de que fueran manufacturadas en Málaga se ve avalada
por las inscripciones marcadas en piezas de reflejo, en la que se puede leer
"Malika" y en algunos inventarios se mencionan como "obra de Malica",
si bien esto no es del todo significativo ya que podría tratarse de una denominación de
estilo más que de lugar geográfico. Con posterioridad, la producción de este tipo de cerámica dorada se
extendió a otros lugares, entre ellos Manises, que llegó a especializarse en su delicada
fabricación. Probablemente el embajador de Juan I en la corte granadina, Don Pedro Boil,
contrató alfareros mudéjares conocedores de esta técnica, que se instalaron en los
alfares de Manises. En 1372 el Señor Boil obtuvo privilegios reales, por lo que tenía
derecho a recibir un diezmo de las ganancias de toda la producción de Manises. (Fin de la primera parte)
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