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Al declive de la producción cerámica de Málaga, le sigue, casi sin solución de continuidad, el auge de la cerámica sevillana. Cada una de ellas representando a una cultura distinta. Una se extingue con el ocaso de la cultura musulmana y la otra se desarrolla, pujante, dentro de los reinos cristianos y como consecuencia del Descubrimiento.
Sevilla, a principios de siglo XVI se convierte en una de las ciudades más prósperas de Europa, gracias al comercio con las recién descubiertas Indias Occidentales y al monopolio que ejercía la Casa de Contratación. Como consecuencia, Sevilla mantuvo con Italia -y con otros países- unas relaciones comerciales excepcionales, hasta el extremo de que la banca genovesa disponía de oficinas abiertas en la capital hispalense. Como se verá este hecho tuvo una destacada influencia sobre la cerámica sevillana. Al señuelo de las inmensas riquezas que se esperaban obtener del comercio ultramarino, Sevilla atrajo a comerciantes flamencos, alemanes, genoveses, venecianos, etc. El refinamiento de aquella nueva y rica sociedad de comerciantes, produjo una gran demanda de obras de arte y de elementos decorativos. Y la cerámica de alta calidad formaba parte de esta lujosa manera de vivir.
Los alfareros sevillanos, a los que por aquel entonces se les acostumbraba a denominar olleros, se vieron inmersos en una rápida evolución. Una buena parte de ellos, descendientes de musulmanes, vivían dentro de Sevilla en el lugar llamado "Adarvejo de los moros", si bien el centro de producción cerámica más importante era Triana. Al objeto de integrarse en aquella sociedad muchos de aquellos olleros fueron cristianizando sus nombres y apellidos. Algunos pasaron a llamarse, según han quedado pruebas documentales, Abdalá de la Rosa, Abraham Aguja o Mohamed Agudo. Un hijo de este último, posteriormente, aparece inscrito como Lope de Agudo.
Según algunos historiadores, un alfarero genovés, Tomás Pésaro, que desarrollaba su actividad en una casa que había pertenecido a don Hernando Colón, hijo del Descubridor, firmó un contrato con Roque Hernández un conocido ollero de Triana, mediante el cual el genovés se comprometía a enseñar al trianero la técnica del azulejo y de la loza de"pisa". Según otras referencias dicho contrato de enseñanza fue firmado en 1561 por el ceramista de Amberes, y vecino de Triana, Frans Andríes.
Aunque hay autores que han sostenido que el nombre de "estilo de pisa" podría provenir de la forma de hacer de los artesanos de la ciudad de Pisa, es casi seguro que esta denominación se refería a la técnica y estilo empleado por Niculoso Pisano. |
Niculoso Pisano (un extraordinario artista italiano al que cabría clasificarlo más en el terreno pictórico que en el de la cerámica, aunque utilizara a ésta como soporte en lugar del lienzo) fue quien introdujo en la cerámica sevillana el estilo renacentista y el azulejo plano pintado. Aunque durante las primeras décadas del siglo XVI se siguen realizando vajillas y piezas de cerámica con elementos decorativos procedentes de la cultura musulmana, la influencia renacentista se hace cada vez más patente. Con esta última tendencia se fabrican en Sevilla incluso pilas bautismales, que también fueron exportadas a América. Su uso fue decayendo, y algo más de un siglo después, prohibidas por el obispo de Málaga ya que ordena su sustitución por las de piedra.
La loza propiamente renacentista muestra una rica y viva policromía. Es característico de esta época el empleo de la gama de los amarillos y anaranjados, que imprimían a las piezas de cerámica una vivacidad no conocida hasta aquel entonces.
Los motivos decorativos se ordenan en cenefas alrededor de los platos, en las que aparecen frutos y flores de brillantes colores. En su centro es frecuente ver imágenes con personajes de cuerpo entero, rodeados de plantas, o bustos con tocados italianos.
En el siglo XVII el auge de la cerámica sevillana tiene un cierto declive. Van cambiando las modas y los estilos. Las porcelanas chinas han llegado a Europa y se copia su estilo dentro de la cerámica, aunque esta sea inferior en dureza finura y calidad a las porcelanas fabricadas con caolín. A estas piezas de cerámica de imitación, que tuvieron gran éxito en los siglos XVII y XVIII, se les llamaba "contrahechas". Gracias a un documento de 1627 en el que figuran distintos precios, conocemos que las lozas más caras eran las procedentes de China, seguidas por las fabricadas en Talavera y en Puente del Arzobispo. La decoración de las piezas "contrahechas"-platos, maceteros, aguamaniles, etc.- incorpora elementos de gusto oriental, entre ellos pájaros y flores.
En las imágenes que se muestran a continuación, pueden verse dos piezas de cerámica sevillana, de su "época china", que se encuentran en el Museo de Cerámica, de Barcelona. |
Lo curioso es que en el macetero, del siglo XVII, se muestra una decoración, en color amarillo, de pájaros y plantas típica de la cerámica china de la dinastía Ming.
En el aguamanil, o cántaro, se ve reproducido con extraordinaria fidelidad el mismo diseño, aunque en color azul. En cambio, esta segunda pieza está datada por el Museo en el siglo siguiente, es decir en el XVIII. Esta gran similitud hace sospechar que haya algún error de datación.
Una serie de circunstancias, entre ellas factores políticos, macroeconómicos y de gustos imperantes, perjudicaron a la cerámica sevillana y trianera. Con la guerra de Sucesión de 1714 y la finalización de la Casa de Austria, el italianismo toca a su fin. La monarquía borbónica trae a España el gusto por lo francés. La nobleza ahora compra sus vajillas a la Compañía de Indias, que proporciona piezas fabricadas en China, o a la fábrica del conde Aranda, en Alcora. La Casa de Contratación pasa a Cádiz en 1777 con lo que se aleja de Sevilla un elevado número de ricos comerciantes que se dedicaban al negocio con las colonias ultramarinas y, por tanto, de potenciales compradores de cerámica de calidad. En 1721 había en Triana 82 hornos dedicados la cocción de cerámica, en los que se empleaban 346 personas, los cuales fueron trasladando su actividad, en gran parte, a la producción azulejera y a una cerámica más popular.
Sobre 1810, un comerciante de Londres llamado William Pickman abrió en Sevilla y Cádiz establecimientos destinados a importar vajillas inglesas estampadas. Su hermano y sucesor, Charles, que encuentra dificultades para la aprobación de las crecientes importaciones y una fuerte competencia de la fábrica de loza fina que se ha establecido en Alcora, decide iniciar la fabricación de las mismas piezas en Sevilla. En 1838 ocupa la desafectada Cartuja de Sevilla e inicia una elaboración industrial que alcanza las más altas cotas y gran renombre, puesto que la posesión de sus vajillas era una nota de distinción entre las familias aristócratas y burguesas. La temática de las piezas estampadas, cuyo dibujo se reproducía de grabados de cobre, era básicamente inglesa. Se reflejaba en sus diseños el gusto por la naturaleza y el romanticismo de las ruinas, mediante jardines, bosques, palacios, etc.; por temas orientales, con pagodas y lagos; o deportes, con escenas de caza y de hípica. Muchas de estas piezas de La Cartuja se conservan actualmente en infinidad de hogares andaluces como verdaderas reliquias.
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