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Ha transcurrido más de un mes desde que el suscrito volvió de Andalucía. Tiempo suficiente para volver a tomar distancia. Tiempo para que la perspectiva no se nuble por las vivencias cercanas. Tiempo para doblar y guardar con cariño los recuerdos recientes y ponerlos junto a los aromas perpetuos de los recuerdos viejos. Tiempo también para hacer un balance. El balance que sigue se plantea preguntas. Ya es mucho plantearse en una
sociedad en la que todo el mundo Las razones que llevaron a la emigración masiva en los cincuenta y en los sesenta parecen totalmente olvidadas. Es más, el hecho de que Andalucía haya pasado de ser una región de emigrantes a ser una de inmigrantes, se toma con la naturalidad de lo cotidiano y está tan perfectamente asumido, que cuando se habla de paro, se habla de cierta calidad de trabajos porque, como no falta quien lo aclare: hay trabajos que ningún andaluz haría...
El andaluz, tiene ahora unos derechos y unos privilegios que vistos desde otras
realidades más parecidas a la España de los cincuenta (incluso de los sesenta) parecen
un sueño. Tiene una nueva manera de disentir: disiente igual que antes, con la misma vehe- mencia, pero sin bajar la voz ni mirar de reojo. Y al final se agrega algo así como "que yo respeto la opinión de todo el mundo, porque todo el mundo tiene derecho a expresarla". Las más de las veces suena a formulismo. Probablemente por aquello de "dime de qué presumes y te diré de qué careces" o quizás porque el ejercicio de la tolerancia democrática es lento de aprender. Aun la nueva generación, aquella que ya no sólo no conoció las desgracias de la guerra sino ni siquiera las estrecheces de la posguerra, parece padecer una persistente insaciabilidad. Educación insuficiente con programas incoherentes que generan profesionales deficientes. Todo comparado a lo mismo en "el norte" y, casi irremediablemente, en desventaja. Sin usar para la comparación parámetros de equivalencia en términos de tiempo, de niveles de desarrollo y de densidad poblacional. Porque es irrefutable que la riqueza generada en las comunidades del norte (frecuentemente con la colaboración invalorable de un gran número de emigrados andaluces), en los últimos cuarenta años, es responsable del nivel de bienestar -en términos estrictamente económicos- que ellas han alcanzado. El andaluz parece estar permanentemente oscilando entre dos extremos difíciles de reconciliar: la comparación entre el nivel de vida en el norte y la calidad de vida en el sur. En medio de todo esto está, como gran autor de que las diferencias se mantengan (las económicas, claro está), el estado, perpetrado por los perfectos culpables de todos los males, los políticos: una nueva raza de mangantes por los que el andaluz siente una proporción similar de rechazo y de admiración. Un estado cuyas funciones y obligaciones se confunden a veces con la chistera de un mago de donde al conjuro de unas palabras mágicas a veces pintadas sobre cartelones que se agitan por las calles, deben salir las soluciones de todos los problemas, la satisfacción de todos los deseos. Un pariente mío me explicaba, con orgullo, el alto nivel de protección
social que había alcanzado el jornalero andaluz. Hablando específicamente del olivarero
me decía que el dueño de los olivos tiene que ponerle transporte adecuado hasta el Algunos días mas tarde hablábamos de la cotización del aceite, de las cooperativas y de su funcionamiento y de la rentabilidad de los campos y del subsidio. Su conclusión, como dueño de algunos olivares y administrador |
de otros era que lo que no se llevan los jornaleros "que ya parecen unos señoritos con todo lo que hay que darles", se lo llevaba el estado en impuestos. A duras penas si el subsidio impedía la quiebra . En ambos casos hablaba con la mayor sinceridad y podía separar los dos hechos como si no tuviesen la menor relación entre si. Quizás sea por ello -si no puedes vencerlos...únete a ellos- que es ahora político incipiente y alcalde del pueblo donde están esos mismos olivares.
¿Es el andaluz prisionero de sus propias contradicciones? ¿No son aquellas mismas familias de apellidos notables por las cuales el andaluz sigue sintiendo una especie de fascinación inagotable? ¿No es más fuerte hoy que nunca la contradicción amor/odio, admiración/rechazo, atracción/repudio que expresa el andaluz por sus duquesas y sus "señoritos"? Las ventas de las revistas del corazón, los tumultos en la boda "del torero y la marquesa", el espacio que ocupan los famosos en la vida del hombre de la calle, parecerían confirmar un interés mucho mayor en todo ello del que el andaluz promedio está dispuesto a confesar en su tertulia habitual.
¿Es esto parte del condicionamiento del que ha sido objeto el andaluz desde tiempos antiguos? Es probable que si. El andaluz que antes sabía que hablaba mal, tiene ahora, en los medios de
comunicación masiva la confirmación incesante de ello y un mensaje clarísimo del uso de
su habla. La enorme mayoría de los andaluces que ocupan posiciones importantes utiliza un
castellano de acento castizo (que al decir del diccionario de sinónimos del procesador de
textos "Word" significa: auténtico, puro, típico, natural, legítimo, limpio y
original). Los mejores presentadores de la televisión nacional son andaluces, pero es
difícil descubrirlo en su habla. Y esto es válido -por extraño que sea- en la propia
televisión autonómica donde está relegada el habla andaluza a un segundo plano. Le quedan por lo tanto al andaluz muy claras las cosas: en la televisión nacional -
caja de resonancia de proporciones e influencia extraordinarias - su habla identifica a
chistosos que incluso la retuercen y la reinventan con mucho éxito (Chiquito de la
Calzada). Y por si fuese poco, los personajes de habla andaluza del resto de programas de la televisión nacional, son aquellos que representan las profesiones más humildes y/o hacen gala de la mayor de las torpezas o ignorancia.
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En cambio, aquellos que hablan bien tienen la posibilidad de salirse del
encasillamiento "tópico", de alcanzar el éxito fuera de él. Y esto parece ser
válido, no sólo en la televisión nacional donde algunos andaluces ocupan lugares de la
mayor importancia, sino en todas las actividades. Los medios de comunicación le sirven
prácticamente a diario un menú en el que Andalucía quizás solo será superior a las
demás autonomías en términos de paro. En todos los demás aspectos macroeconómicos Y allí aparece la paradoja: se envidia el nivel de vida del norte -"ganan más
por el mismo trabajo, tienen mejores prestaciones... viven mejor"- pero se afirma que
ni por todo El talante andaluz -toda una filosofía de vida- se ve cada vez más confrontado con el
estilo de vida que le venden, de manera abrumadora, los medios de comunicación. El talante: aquello que ha distinguido tradicionalmente al andaluz y que va desde una
forma de ser hasta una forma de estar. Y de saber estar. Aquello que
encandila a los forasteros y los tienta a quedarse. Aquello que los andaluces recuperamos
si se ha perdido- a las pocas horas de regresar. Una disposición singular hacia la belleza, la estética, el arte, que permiten gozar
de las cosas simples y mirar al futuro con un optimismo benévolo. Un futuro que las más
de las veces no ha estado claro para el andaluz pero que no ha sido nunca la mayor de sus
preocupaciones. Andalucía -que tiene ahora, seguramente, la juventud más competente de su historia
moderna- enfrenta también la mayor acometida mediática de toda su historia. Modas,
modos, estilos y maneras que le son ajenas, le son presentadas sin cesar como lo
apetecible, incitante o imprescindible en una permanente confrontación con los usos y
costumbres de un pueblo acostumbrado al ensimismamiento. Y a encontrar el bienestar en la
serenidad de una vida muy rica, por saber compartir lo poco que se tiene. Gentes deslumbradas por la infinita
variedad de posibilidades de gastarse el dinero. Grandes superficies de las que salen
coches desbordándose. Viajes cada vez más lejos, cada vez más aventureros. Muchas de
las comodidades y todas las extravagancias del primer mundo. Y una especie de insaciabilidad. De permanente comparación con patrones
foráneos, que frustra y le quita brillo a lo recién adquirido. El andaluz tendría que hacer un viaje de vuelta (que a lo mejor está haciendo) para
escoger sopesando lo bueno que le trae lo nuevo y aquello que irremediablemente se lleva.
Quizás está pillado por la globalización, pero la homogeneidad de criterios, la
uniformidad de conducta y vestidura de los tiempos actuales, no debería hacerle olvidar
su singularidad. Una singularidad que debe prevalecer, porque en ella se sustenta todo aquello de lo
que, a fin de cuentas, está constitui- do su talante: lo mejor de sí mismo.
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