Andalucía de lejos


De ida y vuelta
por Claudio Sillero

Ha transcurrido más de un mes desde que el suscrito volvió de Andalucía. Tiempo suficiente para volver a tomar distancia. Tiempo para que la perspectiva no se nuble por las vivencias cercanas. Tiempo para doblar y guardar con cariño los recuerdos recientes y ponerlos junto a los aromas perpetuos de los recuerdos viejos. Tiempo también para hacer un balance.

El balance que sigue se plantea preguntas. Ya es mucho plantearse en una sociedad en la que todo el mundo
-empezando por los necios- tiene una respuesta para todo; una explicación para cualquier cosa; un culpable -casi siempre una autoridad- para todo lo que sucede, particularmente si lo que sucede es malo.

Como antecedente hay que decir que la España de la abundancia (¿de la opulencia?) -y por ende la Andalucía del bienestar- sigue siendo, aún para los que volvemos con frecuencia, una fascinante sorpresa. Y con sorpresa se ve, también, lo corta que es la memoria del andaluz.

Las razones que llevaron a la emigración masiva en los cincuenta y en los sesenta parecen totalmente olvidadas. Es más, el hecho de que Andalucía haya pasado de ser una región de emigrantes a ser una de inmigrantes, se toma con la naturalidad de lo cotidiano y está tan perfectamente asumido, que cuando se habla de paro, se habla de cierta calidad de trabajos porque, como no falta quien lo aclare: hay trabajos que ningún andaluz haría...

Gazpacho

El andaluz, tiene ahora unos derechos y unos privilegios que vistos desde otras realidades más parecidas a la España de los cincuenta (incluso de los sesenta) parecen un sueño.
Sin embargo da la impresión de navegar aún en mares en los que no gobierna bien su nave.

Tiene una nueva manera de disentir: disiente igual que antes, con la misma vehe- mencia, pero sin bajar la voz ni mirar de reojo. Y al final se agrega algo así como "que yo respeto la opinión de todo el mundo, porque todo el mundo tiene derecho a expresarla".

Las más de las veces suena a formulismo. Probablemente por aquello de "dime de qué presumes y te diré de qué careces" o quizás porque el ejercicio de la tolerancia democrática es lento de aprender. Aun la nueva generación, aquella que ya no sólo no conoció las desgracias de la guerra sino ni siquiera las estrecheces de la posguerra, parece padecer una persistente insaciabilidad.

Educación insuficiente con programas incoherentes que generan profesionales deficientes. Todo comparado a lo mismo en "el norte" y, casi irremediablemente, en desventaja. Sin usar para la comparación parámetros de equivalencia en términos de tiempo, de niveles de desarrollo y de densidad poblacional. Porque es irrefutable que la riqueza generada en las comunidades del norte (frecuentemente con la colaboración invalorable de un gran número de emigrados andaluces), en los últimos cuarenta años, es responsable del nivel de bienestar -en términos estrictamente económicos- que ellas han alcanzado.

El andaluz parece estar permanentemente oscilando entre dos extremos difíciles de reconciliar: la comparación entre el nivel de vida en el norte y la calidad de vida en el sur. En medio de todo esto está, como gran autor de que las diferencias se mantengan (las económicas, claro está), el estado, perpetrado por los perfectos culpables de todos los males, los políticos: una nueva raza de mangantes por los que el andaluz siente una proporción similar de rechazo y de admiración.

Un estado cuyas funciones y obligaciones se confunden a veces con la chistera de un mago de donde al conjuro de unas palabras mágicas a veces pintadas sobre cartelones que se agitan por las calles, deben salir las soluciones de todos los problemas, la satisfacción de todos los deseos.

Un pariente mío me explicaba, con orgullo, el alto nivel de protección social que había alcanzado el jornalero andaluz. Hablando específicamente del olivarero me decía que el dueño de los olivos tiene que ponerle transporte adecuado hasta el
lugar de trabajo y a la vuelta, regirse por un horario estricta- mente establecido por la ley, y dotarlo de los implementos de trabajo y de seguridad establecidos para la labor específica.Y, claro está, pagar salarios en los niveles determi- nados y, ¡como dudarlo!, todos los beneficios sociales a los que tiene derecho el trabajador.

Algunos días mas tarde hablábamos de la cotización del aceite, de las cooperativas y de su funcionamiento y de la rentabilidad de los campos y del subsidio.

Su conclusión, como dueño de algunos olivares y administrador

silueta del toro de Osborne

de otros era que lo que no se llevan los jornaleros "que ya parecen unos señoritos con todo lo que hay que darles", se lo llevaba el estado en impuestos. A duras penas si el subsidio impedía la quiebra .

En ambos casos hablaba con la mayor sinceridad y podía separar los dos hechos como si no tuviesen la menor relación entre si. Quizás sea por ello -si no puedes vencerlos...únete a ellos- que es ahora político incipiente y alcalde del pueblo donde están esos mismos olivares.

rama de olivo

¿Es el andaluz prisionero de sus propias contradicciones?
¿Es lícito lamentarse de que cualquier inversión que se hace en Andalucía (que frecuente- mente implica la compra de empresas de capital y manejo andaluz) venga de fuera de Andalucía, cuando los principales beneficiarios de los subsidios europeos son las mismas familias de siempre?

¿No son aquellas mismas familias de apellidos notables por las cuales el andaluz sigue sintiendo una especie de fascinación inagotable? ¿No es más fuerte hoy que nunca la contradicción amor/odio, admiración/rechazo, atracción/repudio que expresa el andaluz por sus duquesas y sus "señoritos"?

Las ventas de las revistas del corazón, los tumultos en la boda "del torero y la marquesa", el espacio que ocupan los famosos en la vida del hombre de la calle, parecerían confirmar un interés mucho mayor en todo ello del que el andaluz promedio está dispuesto a confesar en su tertulia habitual.

granado

¿Es esto parte del condicionamiento del que ha sido objeto el andaluz desde tiempos antiguos? Es probable que si.

El andaluz que antes sabía que hablaba mal, tiene ahora, en los medios de comunicación masiva la confirmación incesante de ello y un mensaje clarísimo del uso de su habla. La enorme mayoría de los andaluces que ocupan posiciones importantes utiliza un castellano de acento castizo (que al decir del diccionario de sinónimos del procesador de textos "Word" significa: auténtico, puro, típico, natural, legítimo, limpio y original). Los mejores presentadores de la televisión nacional son andaluces, pero es difícil descubrirlo en su habla. Y esto es válido -por extraño que sea- en la propia televisión autonómica donde está relegada el habla andaluza a un segundo plano.

Por otro lado no sólo es que en el terreno del humor los andaluces dominan largamente el escenario nacional, sino que incluso los cómicos de otras regiones -Arévalo por ejemplo, que es valenciano- cuando quieren estar realmente graciosos, utilizan el habla andaluza para contar sus chistes. Esto es particularmente cierto, si el personaje del chiste tiene alguno de los defectos que se han vuelto tópicos andaluces.

Le quedan por lo tanto al andaluz muy claras las cosas: en la televisión nacional - caja de resonancia de proporciones e influencia extraordinarias - su habla identifica a chistosos que incluso la retuercen y la reinventan con mucho éxito (Chiquito de la Calzada).
Estos chistosos -casi todos andaluces- a su vez tienen personajes andaluces que responden bien a los tópicos.

Y por si fuese poco, los personajes de habla andaluza del resto de programas de la televisión nacional, son aquellos que representan las profesiones más humildes y/o hacen gala de la mayor de las torpezas o ignorancia.

 

En cambio, aquellos que hablan bien tienen la posibilidad de salirse del encasillamiento "tópico", de alcanzar el éxito fuera de él. Y esto parece ser válido, no sólo en la televisión nacional donde algunos andaluces ocupan lugares de la mayor importancia, sino en todas las actividades.

¿Se debate el andaluz entre un estilo de vida y un life style?

sardinas asadas

Los medios de comunicación le sirven prácticamente a diario un menú en el que Andalucía quizás solo será superior a las demás autonomías en términos de paro. En todos los demás aspectos macroeconómicos
-muchos de los cuales le resultarán totalmente incomprensibles- Andalucía estará probablemente por lo menos por debajo de la media, y es posible incluso que aparezca de última en la lista. Por si fuera poco el medio le vende un life style que desde luego no va con su estilo de vida, con su talante, pero tan persistente- mente vendido que a lo mejor lo convence de lo infeliz que es su vida si no conduce el coche que tiene que conducir, veranea donde debe veranear y -en síntesis- vive como debe vivir.

Y allí aparece la paradoja: se envidia el nivel de vida del norte -"ganan más por el mismo trabajo, tienen mejores prestaciones... viven mejor"- pero se afirma que ni por todo
el oro del mundo se cambiará el sol, el clima, la gente, el ambiente.

El talante andaluz -toda una filosofía de vida- se ve cada vez más confrontado con el estilo de vida que le venden, de manera abrumadora, los medios de comunicación.

El talante: aquello que ha distinguido tradicionalmente al andaluz y que va desde una forma de ser hasta una forma de estar. Y de saber estar. Aquello que encandila a los forasteros y los tienta a quedarse. Aquello que los andaluces recuperamos si se ha perdido- a las pocas horas de regresar.

Una disposición singular hacia la belleza, la estética, el arte, que permiten gozar de las cosas simples y mirar al futuro con un optimismo benévolo. Un futuro que las más de las veces no ha estado claro para el andaluz pero que no ha sido nunca la mayor de sus preocupaciones.

Andalucía -que tiene ahora, seguramente, la juventud más competente de su historia moderna- enfrenta también la mayor acometida mediática de toda su historia. Modas, modos, estilos y maneras que le son ajenas, le son presentadas sin cesar como lo apetecible, incitante o imprescindible en una permanente confrontación con los usos y costumbres de un pueblo acostumbrado al ensimismamiento. Y a encontrar el bienestar en la serenidad de una vida muy rica, por saber compartir lo poco que se tiene.

naranjo

Gentes deslumbradas por la infinita variedad de posibilidades de gastarse el dinero. Grandes superficies de las que salen coches desbordándose. Viajes cada vez más lejos, cada vez más aventureros. Muchas de las comodidades y todas las extravagancias del primer mundo.

Y una especie de insaciabilidad. De permanente comparación con patrones foráneos, que frustra y le quita brillo a lo recién adquirido.

El andaluz tendría que hacer un viaje de vuelta (que a lo mejor está haciendo) para escoger sopesando lo bueno que le trae lo nuevo y aquello que irremediablemente se lleva. Quizás está pillado por la globalización, pero la homogeneidad de criterios, la uniformidad de conducta y vestidura de los tiempos actuales, no debería hacerle olvidar su singularidad.

Una singularidad que debe prevalecer, porque en ella se sustenta todo aquello de lo que, a fin de cuentas, está constitui- do su talante: lo mejor de sí mismo.