por Rafael Sánchez
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La última vez que sentí la nostalgia, la desesperación y la tristeza de encontrarse solo y lejos de los seres queridos sucedió hace cuatro años, cuando sólo pude conseguir un billete de vuelta desde Dublín para el día veinticuatro, Nochebuena. Dediqué la tarde del veintitrés, a errar sin objetivo por el centro de la ciudad. En cada compra, un «Merry Christmas», una sonrisa y unos billetes. Gasté, inconscientemente, todo el cheque semanal recibido por la mañana. Una mujer mayor que pedía acurrucada a la puerta de unos grandes almacenes me hizo ver que no tenía dinero. Vagué sin rumbo hasta que se hizo lo bastante tarde para que mis ojos no aguantaran mucho más tiempo abiertos cuando me metiera en la cama. Sabía que la preocupación -había estado nevando con insistencia todo el día y el aeropuerto estaba colapsado- me negaría el sueño. Llegué a casa y conecté la televisión. En todos los canales, películas navideñas y papás Noeles por doquier. Me despertó a las siete, todavía en el sofá, una carta de ajuste con ramos de brezo en las esquinas y la música de Noche de paz. Escuché las previsiones meteorológicas y, aunque no nevaría, no se alcanzarían los cero grados y la nieve se convertiría en hielo a la salida del sol. El vuelo se retrasó dos horas que dediqué a calcular a qué hora aterrizaría en Málaga y cuánto tardaría en llegar a Linares si mi hermano me estaba esperando con mi coche.
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Despegamos a las dos de la tarde, después de haber tomado tres despreciables cafés de avión y dos paquetes de galletitas. Cuando pasé al salón de llegadas, las cinco y media de la tarde, mi hermano me esperaba, como si fuera el gordo de la barba blanca y el traje rojo que vemos en televisión más que a los Reyes Magos. Conduje de un tirón, despreciando los límites de velocidad, para encontrar a mi novia en la calle y llegar a las nueve de la noche a casa, como en el anuncio del turrón. Estuve a punto de derramar lágrimas de alivio y felicidad por verlos a todos. Sólo tenía un lugar para la reflexión: la mano extendida de la mujer y la soledad que podría haber sufrido si el avión no hubiera despegado. El año siguiente viví en Granada y, a falta de preocupación por la distancia, hice lo mismo que el año anterior: compras, regalos, buenos deseos a todos, la cena de navidad, igual que siempre. Pero ocurrió, de nuevo, algo que me hizo mirar de otra forma: ese año mis hermanos y yo decidimos echar una mano en la recogida de la aceituna de los olivos de mi madre y, al día siguiente, me puse al volante del tractor y recogí a la cuadrilla a las ocho y media de la mañana. Los tres argelinos que trabajaron con nosotros ese año cumplieron con las exigencias del Ramadán y no tomaron nada, ni agua. Es curiosa la variedad de concepciones y costumbres de los habitantes de este pequeño planeta: unos despilfarramos y nos atiborramos de objetos y bienes y otros se entregan al sacrificio personal. Conseguimos darles una oportunidad a sus hermanos que quedaron en su país para que pudieran venir a trabajar el año siguiente y obtener su permiso de trabajo. En el Gobierno Civil me sorprendió que a ellos no les expresaron buenos deseos ni hubo «feliz-navidad-y-año-nuevo». Por lo que vi, la Navidad estilo corteinglés parece ser sólo para quienes tenemos pasaporte europeo y dinero para consumir. Los llevé a la casa de acogida donde los atendió una organización humanitaria de Linares y mire el hueco profundo, el vacío gélido, de su frigorífico. Me contaron que, en Nochebuena se acostaron pronto, nada más volver del trabajo, para engañar el hambre y pasarla durmiendo. Dos meses permanecieron en Linares, luego, a la cosecha de otros frutos en otras regiones. Ellos me ayudaron a vivir cinco minutos imaginarios desorientado en el enorme hueco del frigorífico mientras cenaba en Nochevieja. Luego me tomé las doce uvas y se me pasó. Menos mal. El año siguiente, viviendo en Madrid, todo fue igual, pero esta vez la realidad me sorprendió cuando me sentí como un |
elemento de una tienda impenetrable, inalcanzable y demasiado cara como para llamar al timbre siquiera: en pleno centro financiero de la ciudad, donde hay más bancos y oficinas que supermercados, mi mirada se cruzó con la de un chaval de mi edad que se envolvía en una manta para resguardarse del frío. El coche abandonado que abrió con un destornillador lucía un cartel en el parabrisas: «Este coche no está abandonado, yo vivo aquí. Feliz Navidad». Igual que en las tiendas, un cristal dividía el mundo real -el de tener como único techo el de un coche ocupado- de ese ficticio mundo feliz y maravilloso que venden los grandes almacenes, los anuncios de prosperidad del Ministerio de Hacienda y los telemaratones televisivos que ayudan a limpiar las conciencias durante estos días.
Les he presentado las experiencias anteriores porque por ellas me he replanteado si la Navidad es esa época en que las tiendas abren los domingos y todos necesitamos comprar. Ahora leo estas fechas con más tranquilidad, con un cierto compromiso de cambio. A todo esto he llegado después de sufrir unos minutos al año lo que esas personas padecen siempre. La Navidad debería ser para nosotros un aliciente para cambiar las formas de actuar en beneficio de todos esos que son como nosotros pero a quienes impedimos serlo. La Navidad, así, sería una época de recogida de frutos, no de aceitunas, sino de frutos de la fraternidad y el desprendimiento de lo accesorio. Supongo que, entonces, los deseos mutuos de felices navidades serían sinceros y reales, y no palabras vacías y fórmulas de cortesía. La Navidad, en pocas palabras, debe servir para que aprendamos a mirar a nuestro alrededor. A mirar con los ojos de dentro y no con las cámaras de televisión. En cualquier caso, les deseo la más Feliz Navidad, por supuesto. |
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