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el cajón del maestro


La verdadera historia del patito feo

por Juan José Ruiz Plaza    

Llevaba mucho tiempo resistiéndome, dándole largas, inventando excusas... pero esta mañana ha ganado ella.
- O lo arreglas tú, o te lo arreglo yo. Tú verás. ¿No ves que te van a comer los papeles?
No me explico qué manía tienen las mujeres con ordenarnos nuestro cuarto. Como tampoco termino de entender el concepto que tienen de lo que significa "orden".
Es cierto que a veces me cuesta trabajo hallar un lugar en mi mesa donde poner la taza de café y que ya tengo casi más libros en el suelo que en las estanterías, pero cuando necesito algo sé siempre dónde puedo encontrarlo. Bueno..., casi siempre.
No sé si lo he hecho por darle gusto o por el miedo a que cumpliera su amenaza y entrara a saco en mi leonera; el caso es que llevo todo el día moviendo papeles, abriendo carpetas, amarrando revistas... No es una tarea fácil porque...¿qué rompes? ¿qué guardas? Además, te encuentras con aquellos apuntes, con la carta aquella, con ese otro borrador, con el artículo que recortaste del dominical, con los versos a medias de un poema inacabado... Y entonces dejas todo en el suelo, y te sientas, y enciendes un cigarrillo y te pones a releer mientras apuras los últimos sorbos del café ya helado.
A mí me ha pasado con la vieja carpeta que hace diez años era azul y que llevaba a mis reuniones de la Escuela de Padres cuando ellos y yo andábamos embarcados en la hermosa aventura de la Reforma de la Escuela en Andalucía. Entre un puñado de folios amarillentos me he encontrado con este cuento, cuya versión original me llegó fotocopiada de alguna publicación y luego yo "mal adorné" para adaptarlo a mis charlas. Siento no conocer el nombre de su autor para darle las gracias por el buen servicio que en su día me prestó, y para pedirle perdón por los cambios que le hice.
LA VERDADERA HISTORIA
DEL PATITO FEO


La verdad es que el patito nació muy feo. Era menudo, peloncillo, patizambo y cobarde, hasta tal punto que la señora pata no recordaba cosa igual en su larga experiencia de maternidad. Todos sus hijos se había criado hermosísimos. Daba gusto verlos correteando alegres y vigorosos entre los mimbrales, o chapoteando en las aguas limpias del remanso junto a La Algaida. ¡Vaya... un sol de criaturas! Pero este dichoso enano... ¡Ay, Señor... qué cruz! Ya dio problemas desde pequeñito.

el patito feo

Cuatro semanas se pasó la señora pata cuidando los huevos con esmero hasta sentirlos eclosionar bajo su cuerpo. Y ya estaban sus ocho hermanos reclamando el primer baño cuando, por fin, el caballero decidió asomar su grasienta y pelona cabezota entre las grietas del pardusco cascarón.
Todas las patas del paraje acudieron a ver a la nueva nidada y a felicitar a los padres... -¡Qué hermosas criaturas! Fíjate...Si son idénticos al padre... ¡qué guapos!-. Pero pronto sus miradas se encontraban con el patito, apenas salido del cascarón, buscando protección bajo el ala blanca de su madre.
-¿Y esa cosa tan horrible?- se preguntaban.
Y la señora pata hacía como que no había oído nada y empujaba con el pico al pequeño para intentar disimularlo entre los otros patitos de la pollada. Y el señor pato miraba a la señora pata como si se negara a aceptar que aquella sucia esponja con pico pudiese ser hijo suyo.

mamá pata

Alguien explicó que lo que había pasado fue que el patito nació de un huevo que habría dejado olvidado por ahí alguna mamá cisne de las vecinas charcas del Sabinar. El señor y la señora pato se lo creyeron al principio, pero no. El huevo era de pato y había sido un huevo normal como todos los huevos de pato. Tal vez algo pequeño, apenas 60 gramos, pero de pato ¡pues hasta ahí podíamos llegar!
El primero en desilusionarse fue el cabeza de familia. Era un ejemplar de macho con bastante mal genio y sus poderosos graznidos tenían en jaque a todos los habitantes del lugar.
- ¡Qué vergüenza! -refunfuñaba a todas horas-. ¡Con lo fuertes y lo hermosos que han salido tus hermanos! Eres la deshonra de la charca.
El patito lo miraba con unos ojos grandes y redondos sin entender nada.
Entonces el señor pato decidió acelerar el proceso de desarrollo y fortalecimiento de su criatura.
- Vamos a poner a prueba tus pulmones
-gritaba-. Imítame con todas tus fuerzas.
Y el señor pato lanzaba un cuá-cuá terrorífico que dejaba el corral en estado cataléptico.


papá pato

El patito procuraba imitarle. Estiraba el cuello, ahuecaba las alitas, tomaba aire... pero su grito no era más sonoro que el chillido de un conejo.
- ¿Eso es lo que sabes hacer? ¡Otra vez!  -vociferaba encolerizado- ¡Otra vez y las que hagan falta hasta que te salga un vozarrón como las trompetas del Juicio Final!

El patito intentaba inútilmente obedecer y su fracaso adquiría entonces caracteres de tragedia; los insultos y los picotazos llovían sobre su cuerpo hasta que las pocas plumas de su camisa volaban por el aire.
¡Al agua, patos! -ordenaba el cabeza de familia en cuanto amanecía.
Y la recua se zambullía en la Charca de Punta Entinas. Era como una escuadra de barquitos amarillos rompiendo el cristal del agua. El señor pato marcaba el tiempo del "crawl" y todos debían someterse a su ritmo sin desfallecer. Pero el patito, a los pocos minutos de nadar, comenzaba a sentir unos tremendos calambres en las patas.
- Papi, ¡me duele!
-¡Pues te aguantas!- gritaba furioso- ¡Y sigue nadando hasta que yo lo ordene!
A punto estuvo el pequeño de ser arrastrado por la corriente y fue necesaria la intervención de toda la familia para arrancarle de las garras de un remolino.
Cuando comenzó el colegio, el señor pato tuvo especial interés en presentar personalmente su pollada al profesor.
-Quiero que el día de mañana sean unos patos de provecho. En cuanto a éste -y señalaba al patito con el ala- no nos hacemos muchas ilusiones. Es el más tonto de todos los hermanos. Se lo dejo en sus manos para ver si me lo espabila. En todo caso no le vendrán mal unos cuantos palmetazos cuando usted lo crea oportuno.
El señor maestro no se hizo repetir la orden y consideró oportuno propinarle una ración diaria, amén de convertirlo en el hazmerreír de toda la clase.
Una tarde, mientras todos jugaban bulliciosos cerca del rebosadero, el patito se escondió entre las retamas. Algo le hacía guiños al pie de la cerca. El pequeño se acercó tímidamente hasta que se vio reflejado en un trozo de espejo. Verdaderamente todos tenían razón: era más feo y más raquítico de lo que él había imaginado. Lo sacudió un escalofrío que le hizo perder el equilibrio. Sintió un agudo pinchazo y notó como una redonda gota de sangre resbalaba por su patita. Y entonces pensó que una criatura tan horrible no tenía derecho a estropear el hermoso mundo de los demás.
A lo lejos sonaban las risas de los hermanos y la voz potente del señor pato:
- ¡Desde luego, querida, no sé lo que vamos a hacer con este hijo nuestro!
Se arrancó una plumita del ala, mojó el frágil cañón en la herida y escribió sobre una hoja de higuera:

"Querido padre: yo no tengo la culpa de que un huevo de pato te haya hecho concebir demasiadas ilusiones. Me hubiera gustado ser como mis hermanos, pero ya lo ves... No he podido ser mejor de lo que he sido.
Yo no quería que me llamaras guapo ni inteligente. Me hubiera bastado con que fueras capaz de perdonar mi debilidad.
Si esto te consuela, sábete que estoy arrepentido de haber sido tan feo, tan débil y tan tonto".
El patito dejó la carta sobre una piedra y luego se fue a bañar a la presa de La Salinera donde, de cuando en cuando, se formaba aquel extraño remolino.


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