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El Viaje

por Alberto Artundo  

 

 

 

 

 

 

 


El corazón encogido, niebla y frío,
humedecida el alma,
implacables fronteras el horizonte rodean.
Cerrados montes, vigilantes fronteras,
de soles y lunas llenas.
Grises y tristes nubes, forman la tapa
de un país, de un Norte
¡si es casi Europa, confiesan!
No les duele el alma, la tienen abrigada,
protegida ¡es por el frío!
Desertor escapas, por desnudar el alma,
pasearla por la vida, no sentir ese frío.
Te diriges al Sur.
La tierra se achata el cielo se ensancha,
Castilla la Mancha se abre,
en Puertollano se cierra.
Es la frontera. Despeñaperros te traga,
o quizás Sierra Morena,
dejando algo, esperando todo.
Y ¡por fin! el Sur se abre.
Abre los brazos, límites lejanos.
Hueles almazaras y en el sudor de la tarde,
por los arcenes te saludan las jaras.
Horizontes de olivos te hacen guardia,
impávidos en el calor de la tarde,
que atraviesa la ventanilla y no la cierras.
Será una traición a la tierra,
polvo de Castilla, sudor y lágrimas.
Pero son de alegría de llegar a una tierra
en la que no hay cortapisas
de horizontes ni quereres.
Amaneceres y tardeadas se van y llegan.
Sin fronteras.
La luz es distinta, todo reluce y brilla
de otra manera.
Manchas blancas entre olivares recuerdan
otros tiempos, otras faenas.
El sol la carretera deslumbra, está bajo
no hay fronteras que lo detengan.

 


El paisaje se vuelve rojo.
Carmona en lo alto, desde arriba,
vigía de la historia y guardián de la tierra,
se asoma en bienvenida.
No suenan sables ni alfanjes
ni disparos en bordes de cuneta
que quieran matar sueños de Infante.
Es primavera,
una música, un homenaje,
Camarón y Paco de Lucía
suenan distinto, suenan cercanos.
Y el coche se llena de encantos
mientras la carretera vuela.
Ya no hay campos ni olivares
sólo naves y fábricas.
Mucho ruido, mucho agobio,
fluorescentes e inglés se dan la mano.
Es la entrada a Sevilla.
A lo lejos va apareciendo,
la telaraña de un puente
con hilos que bajan del cielo,
uniendo dos orillas de un río, de una madre,
la madre de esta tierra, que a lo lejos
se parte y desperdiga,
regando islas, cartujas y Sevilla.
Estoy llegando. Paz y sentimiento
de sitio conocido y amigo, me invade.
Estoy en mi tierra,
aquí no hay nortes, solo horizontes
de torres blancas y alminares.
La ciudad se extiende llana
y el Aljarafe no es un monte,
es el Mirador de Sevilla.
Betis, Altozano y Torneo sus fieles compañeros
Camas en el hondón y Castilleja en la Cuesta,
y la Giralda, a lo lejos iluminada,
tiesa, enhiesta, de guardia y vigilante,
con la Torre, su compañera,
reflejan dorados en las orillas.
¡Ésta es mi Sevilla!

 


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