por Antonio M. Ballesta
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No cabe duda de que en estas fechas navideñas, se olvidan las bondades de la Dieta Mediterránea y de la cierta frugalidad de la Cocina Andaluza se pasa a sumergirse en una orgía gastronómica que no tiene parangón. El año se acaba y como algo de nuestra vida también se va con él, parece que todo el mundo, siguiendo el refrán que dice: Muera Marta, muera harta, se lanza, sin paracaídas, a practicar un deporte no exento de riesgos: el atracón. Hay que comer y cenar mucho y bien. Hoy se cena en casa, mañana se come en la de los abuelos, padres y/o suegros, pasado mañana en casa de un hermano y al otro en la de un amigo. Pavo, cordero o choto, besugo, marisco, regados con abundante vino y cava, pasan de los platos y copas al estómago en grandes cantidades. Y para rematar la faena, cositas suaves: pestiños, polvorones, alfajores, roscos de vino, mazapanes, yemas y trescientas clases de turrón. Todo ello lleva a que después de estas comilonas no es raro que se presenten una serie de síntomas como la acidez, la pesadez de estómago, el mal aliento e incluso dolor de cabeza que nuestras abuelas achacaban a "tener el estómago sucio" y que en Medicina se conoce como dispepsia. Como indigestión o dispepsia, se conoce a un estado de molestia abdominal, que se presenta después de las comidas y que se acompaña de sensación de plenitud, a veces de discreto dolor y que puede incluso llegar provocar nauseas y vómitos. Aunque no se trata de un trastorno grave, si es necesario hacer un diagnóstico diferencial, pues estos mismos síntomas pueden acompañar a otras enfermedades del aparato digestivo, como la úlcera gástrica o duodenal, la inflamación de la vesícula biliar (colecistitis), las pancreatitis o ciertas intoxicaciones alimentarias. Por lo que si los síntomas persisten es necesario acudir a un servicio sanitario para que se establezca el diagnóstico y se instaure el tratamiento adecuado. Para comprender mejor las causas de la indigestión, es necesario que hagamos un ligero repaso en torno a las funciones del aparato digestivo. Desde un punto de vista funcional, el aparato digestivo, es el sistema que el organismo tiene para transformar todo lo que se come y casi todo lo que se bebe, en la energía necesaria para el normal funcionamiento de todas las funciones orgánicas. Esto se puede realizar gracias a la digestión, que favorece la absorción de los nutrientes procedentes de los alimentos y a los procesos metabólicos que realizan la transformación final de los nutrientes absorbidos, en energía.Desde el punto de vista anatómico, el aparato digestivo es un tubo, de mayor o menor diámetro, que en el adulto mide unos 9 metros de longitud, que comienza en la boca y termina en el ano. Anexo a este sistema tubular existen una serie de órganos que como las glándulas salivares, el hígado o el páncreas segregan al tubo una serie de
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sustancias necesarias para el correcto procesamiento de los alimentos. En su primer tramo, la boca, los alimentos fraccionados en pequeñas porciones más fácilmente digeribles. La acción de los incisivos cortando y de los molares machacando, junto con los movimientos de la legua y de la acción envolvente de la saliva, transforma los alimentos sólidos en una especie de papilla que puede así ser mejor digerida. La saliva, además, comienza el proceso de la digestión, sus enzimas -como la amilasa-, inician la ruptura de los hidratos de carbono (azúcares) complejos en sus unidades más simples y por ello más fácilmente absorbibles. La llegada de la papilla alimenticia al estómago hace que las glándulas de su pared segregen un jugo rico en ácido y pepsina que, facilita la ruptura de las proteínas de los alimentos en sus elementos constituyentes, péptidos y aminoácidos que serán posteriormente degradados y absorbidos en el intestino delgado.
Es también en el estómago donde ya se inicia el proceso de absorción de alguno de los elementos ingeridos (como el alcohol por ejemplo). Esta fase de la digestión es mucho más lenta que la anterior, y necesita que las paredes del estómago, revestidas de una fina pero potente capa muscular, con sus movimientos, faciliten la mezcla de los alimentos con los jugos gástricos. Del estómago, el bolo alimenticio pasa al intestino delgado y en su primera porción, duodeno, desembocan los conductos que van a llevar el jugo producido por el páncreas y la bilis procedente del hígado, que mezclados, mediante los movimientos de las paredes del intestino, van a contribuir a terminar de digerir los azúcares, las proteínas y las grasas, en sus elementos más primarios para que puedan ser absorbidos a lo largo del resto del trayecto intestinal. Por último, el contenido semilíquido del intestino delgado, llega al intestino grueso, en donde se absorbe gran cantidad de agua, electrolitos y otras sustancias que no se han podido absorber en el delgado pues necesitan de la acción de bacterias que normalmente colonizan estos tramos digestivos. Los restos alimenticios no absorbidos son eliminados. Los nutrientes absorbidos a lo largo de todo el tubo digestivo, pasan a la sangre y, a través del sistema de la vena porta, son conducidos al hígado en donde, mediante complicados procesos metabólicos, se transforman en energía, acumulándose algunos excedentes para su posterior utilización. Todo este proceso requiere tiempo, para que todas las etapas se vayan produciendo de forma encadenada y armónica, por lo que cualquier alteración del ritmo digestivo puede desencadenar una serie de trastornos de mayor o menor importancia. Entre las causas que pueden llevar a producir la dispepsia, se pueden citar: Taquifagia: Al comer deprisa y
masticar mal, los alimentos al no ser masticados correctamente, pasan al estómago no
suficientemente preparados, alargando el proceso de la Aerofagia: Es un trastorno que consiste en tragar grandes cantidades de aire, lo que produce una sensación de plenitud estomacal. Es frecuente |
![]() que se de en las personas que comen deprisa (y también en los estados depresivos). Comer en exceso: El aparato digestivo está habituado a procesar una determinada cantidad de alimentos. La capacidad de absorción de la célula intestinal es limitada y sobre todo para el caso de las grasas. Por todo ello si el intestino se sobrecarga con gran cantidad de alimentos, por una parte el proceso de la digestión se alarga de forma importante, lo que hace que se puedan producir procesos de fermentación, con producción de gran cantidad de gases, lo que origina mal aliento, sensación de plenitud e incluso dolores abdominales. Por otra parte, el exceso de grasa no absorbida, puede dar lugar a la aparición de diarreas. Beber en exceso: El alcohol tomado en pequeñas proporciones puede ser beneficioso para la salud, pero cuando se ingiere en grandes proporciones, mezclando alcohol de uva (vinos, coñacs y cavas) con alcohol de grano (destilados) los efectos son muy perjudiciales. Aparte de la irritación gástrica producida por el alcohol, que da lugar a sensación de ardor de estómago, los productos del metabolismo del alcohol originan la aparición de otra serie de síntomas como el dolor de cabeza, mareo y vómitos tan característicos de la intoxicación etílica. Comidas poco habituales: Es muy frecuente que en estas fechas se abuse no solamente de la comida y bebida en cantidad, sino también en calidad, consumiendo productos de no fácil digestión, picantes, fritos, dulces muy elaborados que por sí mismos pueden ser responsables de la aparición de gastritis, con aparición de ardor de estómago y sensación de reflujo gastroesofágico. Y si sobre todos estos elementos añadimos el estrés, si después de una de estas monumentales comidas se trata de emprender un viaje o mantener un ritmo de vida acelerado, los síntomas de la dispepsia se pueden hacer notar con más intensidad y durar mas tiempo. Por regla general, un proceso de indigestión no debe prolongarse mas allá de 48 a 72 horas, y el tratamiento más adecuado es someterse a una dieta líquida, si es posible rigurosa, ingiriendo gran cantidad de agua, y zumos, para ir limpiando el intestino, así como infusiones de manzanilla, poleo, etc. y seguirla de una dieta de bondad, basada en pescado hervido, arroz en blanco y otros elementos fácilmente digeribles. Para el tratamiento de la fase aguda (es decir del momento más álgido de los síntomas), la administración de antiácidos (bicarbonato o sal de frutas), o antiácidos efervescentes que lleven algún componente analgésico como la aspirina, pueden ser muy efectivos. De todas formas, mantener al enfermo en condiciones de tranquilidad, mantener una dieta estricta las primeras horas y reiniciar la alimentación con una dieta muy suave, debe acabar con los problemas de la indigestión. Si los síntomas no desaparecieran en los siguientes 2 ó 3 días, sería conveniente acudir a la opinión de un especialista, para que descarte que los síntomas de dispepsia no sean los acompañantes de otro cuadro digestivo más grave.
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