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José alzó la vista distraídamente de la dorada gavilla de trigo que acababa de
elevar con la horca y miró hacia el monte cercano. La visión de un grupo de personas en
la lejanía, dirigiéndose hacia su cortijo, lo dejó petrificado. 
En un instante desfilaron por su mente todas las desagradables situaciones que
tuvo que afrontar después de la vez anterior y las largas y angustiosas horas
transcurridas en el cuartelillo de la Guardia Civil.
Mientras a través del monte lleno de espesas y punzantes aulagas avanzaba lentamente el
grupo hacia él, José se sintió totalmente desamparado. Allí, lindando con los montes
de Sierra Morena, a casi 15 kilómetros del pueblo más cercano y ni tan siquiera con la
compañía de los dos gañanes que holgaban aquel día festivo, José sabía que sólo la
suerte podía ayudarle.
Hacía ya más de diez años que había terminado aquella terrible guerra que enfrentó a
familias y a amigos, y segó tantas vidas por aquellos pueblos, aunque los
guerrilleros -aquellos que estaban bajando del monte- mantenían
obstinadamente viva su lucha. Ahora no ya contra el ejército, sino contra la Guardia
Civil con la que mantenían continuas refriegas y enfrentamientos.
Don Victoriano, el veterinario, de quien decían en el pueblo que era algo
rojo, le había explicado hacía algún tiempo, que también en otras partes
de España, principalmente si eran abruptas, montañosas y próximas a las fronteras,
habían otros grupos de guerrilleros a los que llamaban el maquis, o
algo así. Que aquellos, como estos, estaban al acecho y armados esperando que el Gobierno
fascista de Franco cayera, porque estaban convencidos de que un régimen impuesto por una
guerra que había generado tanto dolor y resentimientos, no podía durar.

Le había contado, también, que muchos de los maquis de los Pirineos
eran soldados republicanos que se habían refugiado en Francia después de su derrota en
la batalla del Ebro, que habían luchado junto a la Resistencia francesa contra los nazis
y, ahora, empuñaban el fusil de nuevo contra las fuerzas franquistas.
Mientras José iba aparentando que trabajaba, de reojo pudo comprobar que el
grupo que se aproximaba estaba formado por unos ocho o diez hombres, que vestían como en
la ocasión anterior monos caquis, y estaban armados con fusiles y escopetas que llevaban
en bandolera y alguna que otra pistola pendiente del correaje.
José llamó a los perros mastines que ladraban agresivamente contra los visitantes, para
atarlos y evitar problemas. Después de todo, poca defensa podían proporcionarle en
aquellos momentos.
Cuando estaban a un tiro de piedra, el que iba en cabeza gritó: -¡A la paz de Dios!
José respondió con una voz a la que intentó que no sonara temblorosa: -¡Buenos
días. Vengan ustedes con Dios!
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Cuando estaban más próximos, y entre el insistente ladrar de los perros, José
oyó que le preguntaban:
-¿Cuantas personas hay en este cortijo?
-Nadie más que yo. Estoy solo- respondió José.
Al llegar a la casa la mayoría de ellos se refugió en el interior para protegerse de
aquel sol asfixiante de mediodía. El resto fue comprobando en las cuadras y en las
pocilgas que no hubiera nadie escondido. El rezumante botijo de fresca
agua fue pasando de mano en mano con avidez. Algunas de las armas se fueron colocando
encima de la mesa o apoyadas en las escasas sillas de enea donde se habían sentado los
que parecían mandar. Los más jóvenes lo hicieron en el umbral de la puerta vigilando la
lejanía y uno de ellos marchó a hacer de centinela en la parte trasera de la casa.
José esperaba con temblor en las rodillas, el batir alborotado del corazón y con mal
disimulada calma, la primera conversación.
-Compañero -dijo el del cabello entrecano- queremos comer, descansar un poco y
comprarte algunos alimentos. Si te parece, podemos hacer un gazpacho y acompañarlo con un
poco de queso. Y nos interesaría que nos vendieras algunas cosas como pan, queso,
chorizos, aceite y vino. ¡Ah, y algunos garbanzos!
José asintió con la cabeza mientras pensaba que, casualmente, el día antes había
amasado pan y tenía unas cuantas teleras guardadas en las tinajas para que se asentasen,
ya que, como toda la vida se había dicho, nunca se debía comer el pan caliente que no
era bueno para la barriga.
Se repartieron el trabajo y mientas uno majaba en el dornillo, los otros fueron ayudando a
poner cucharas, cuchillos, y viandas en la mesa.
Cuando terminaron de comer, el que mandaba sacó del bolsillo de su mono un fajo de
billetes y tiró uno de 1.000 pesetas encima de la mesa.
-Maestro -añadió- esto es por la comida y por lo que nos llevaremos.
-No, hombre, no me pague nada. Yo les convido a ustedes -contestó José.
-Compañero, nosotros somos gente de bien y siempre pagamos. ¡Y lo mismo que pagamos
también hacemos pagar a los traidores!
José notó como el miedo le aflojaba las rodillas. Aquella frase había sonado dura y
amenazante como una hoz.
-La otra vez que estuvimos por aquí, sabemos que fuiste a decirlo a la Guardia Civil,
pero ahora tienes que guardar silencio si no...
La frase quedó a medias mientras se dirigía a uno de ellos:
- ¡Curro, dame las anotaciones!
Abrió la libreta de pastas de hule negro que acababan de darle. Se mojó el pulgar con la
lengua y avanzó varias hojas de golpe. Hojeó hasta encontrar lo que buscaba, y se
dirigió de nuevo a José.
-¿Te acuerdas de que en el cortijo del Adelfo apareció su dueño ahorcado en
el granero? Fue el castigo a un chivato.
-¿Y cuando el fuego le quemó la cosecha de trigo a el Rico Nuevo? ¡Otro que
se fue de la lengua...! No hace falta seguir. Si vas a los civiles, algún día nos
encontraremos y lo pagarás. ¡Ya estás avisao!
El largo silencio que siguió destacó más aún el monocorde sonido de las chicharras y
la sensación de calor irrespirable.
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Mientras la mayoría de los guerrilleros medio dormitaban, José
aparentaba que dormía la siesta en su jergón de paja. Recordó las malditas horas que
había pasado en el cuartelillo de la Guardia Civil, cuando fue a denunciar la visita
anterior. Y rememoró la agresiva actitud del comandante de puesto, repitiéndole una y
otra vez las mismas preguntas tratando de provocar alguna contradicción o el más
pequeño fallo. Pensaba que, al menos, esta vez se ahorraría el mal rato de los
civiles, aunque, por otra parte, no hacer la denuncia le producía un inmenso temor.
* * *Cuando la pareja de civiles se presentó a detenerle, hasta cierto
punto lo esperaba.

La batida que había hecho últimamente la Guardia Civil en todos aquellos
montes, había dado como resultado la detención de un par de guerrilleros
heridos y uno muerto. Su cadáver fue el que había estado expuesto durante dos días en
la plaza del pueblo, para escarmiento de todos. Uno de los heridos había
cantado el nombre de los cortijos de los que se habían abastecido en los
últimos meses. Y entre ellos estaba el de José, que no lo había denunciado. Y esto era
un delito grave.
De los calabozos del cuartelillo lo trasladaron a Madrid, en tren, esposado como un
delincuente y acompañado por dos números de la Benemérita. La vergüenza que pasó no
la podrá olvidar en la vida.
El Juicio de Guerra ante un tribunal militar, acusado por colaboración con los
guerrilleros fue breve y sin apenas defensa. Su primo hermano Rafael, capitán
del Cuerpo Jurídico, trató de aminorar la pena alegando buenos antecedentes y su falta
de vinculación con ideas políticas de cualquier tipo.
* * *
Cuando tres años después volvió a su cortijo tras su estancia en el penal, no pudo
evitar echar una temerosa mirada hacia los montes verdeoscuros del fondo, por donde le
aparecieron los guerrilleros en las anteriores ocasiones.
Una vez más volvió a pensar lo que tantas veces había rumiado en la celda de la
cárcel. Que en aquella absoluta soledad en la que cotidianamente se encontraba, alejado
de otros cortijos, y con una imposible protección de la Guardia Civil, si se volviera en
encontrar en la situación anterior, volvería a obrar de la misma manera.
La alternativa era, su vida, o cometer un acto de complicidad penado por la Ley.
Para él la decisión estaba clara.
La única medida que había pensado tomar para el futuro, era la de tener siempre a punto
su maleta de lona, con algo de ropa, y unos miles de duros escondidos en la casa del
pueblo, por si tenía que irse a trabajar a Cataluña -que es a donde habían marchado
algunos parientes y mozos amigos suyos- abandonando definitivamente aquellas áridas
tierras de labor que habían sido de sus abuelos.
(Este relato está basado en un hecho real. José, que
aún vive, es primo hermano de la madre del autor) |
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