Andalucía Abierta a portada

Polvorones andalumeños

por Claudio Sillero


 

 

 


Empiezan a ponerse de acuerdo hacia fines de Noviembre. Son las hijas de los tres hermanos andaluces que salieron de su tierra en 1960, las encargadas de definir el cuándo y el dónde. Y la cantidad de harina a tostar.

Todos los primos participantes

Sin premeditación, sin planes pre-establecidos, sin seguir más inspiración que la de la propia interpretación de celebrar de una cierta manera las Navidades. De no dejarse absorber totalmente por la nueva cultura. El polvorón, quizás el dulce navideño más andaluz, abandona su origen de Rute o de Estepa y se convierte en andalumeño*, cuando los seis hijos de esos tres hermanos, y sus parejas, se juntan para lo que ellos llaman "la polvoro- neada". Las tres primas hermanas consultan a los miembros de la familia, ajustan fechas y finalmente concertan el día y la casa en que se harán ese año los polvorones.

Las tres primas, hijas de andaluces

La semana previa empiezan las actividades en cada una de las casas. Hay que tostar la harina -y tostar entre diez y catorce kilos de harina es mucho tostar- torrar y pelar el maní** (que remplazó en los primeros polvorones a las almendras que esta tierra no daba y cuya importación estaba prohibida) y comprar la manteca, el azúcar y el resto de los ingredientes. Lo pesada de la tarea no le quita encanto al hecho de que al juntar harinas tostadas en distintas casas y por distintos métodos resulten teniendo el mismo tono de beige, ya que una de las primeras tareas en común es mezclar y cernir la harina y esta actividad -y el hecho de que una de las porciones esté más pálida que las demás- da lugar a las primeras bromas. Con lo que la fiesta polvoronera empieza en la cocina de cada una de las casas, unos días antes.

Un enorme barreño de plástico, que se guarda cuando termina la sesión anual y no se vuelve a usar para nada más - ¿para qué más podría ser útil un recipiente tan grande? - recibe la harina cernida, la manteca de cerdo batida hasta volverla cremosa, el azúcar, el maní tostado y cernido también y el resto de los ingredientes. La receta se recalcula y revisa cien veces para asegurarse de que las cantidades del resto de los ingredientes se ajustan a la cantidad de harina cernida con la que se trabajará este año.


(*) Andalumeño: neologismo usado por el autor mezclando las palabras andaluz y limeño
(**) Maní:(voz taína) m. cacahuete, planta II 2 Fruto de esa planta

 


Mientras unos establecen cantidades, pesan y empiezan a amasar, otros se encargan de
sacar viejas cassettes y casi siempre un CD tan nuevo que aún viene en su funda, que le pondrán música a las actividades del día. Los coros de campanilleros con viejos villancicos, que los polvoroneros llaman "de los nuestros" suenan sin parar el resto del día.
Mientras las artesanas hunden sus manos en el barreño, -pero mira como beben los peces en el río- mientras las bandejas de un centímetro de alto se preparan para recibir la mezcla que se aplanará con rodillos de amasar -campana sobre campana y sobre campana una- y los pliegos de papel de seda se cortan para recibir -¿dime niño de quien eres, todo vestido de blanco?- uno a uno los polvorones cortados por una herramienta: la "polvoronera electrónica" consistente en un molde redondo, al que uno de los mayores, cansado de ver enrojecerse las manos de tanto

Polvorones y recuerdos de la lejana Andalucía

cortar la mezcla con un vaso, a punta de golpes secos en la base, le ha adaptado un embolo que mueve un sencillo lápiz, que se usa para expulsar el polvorón perfectamente moldeado.

¡Canta, ríe y bebe! Artesanía pura en la preparación y hasta en los instrumentos. La jornada, la larga jornada, transcurre entre bromas y recuerdos.

- ¿Te acuerdas cuando éramos chicos y nos daban un poco de masa para preparar nuestros propios borrachuelos?

- Y el empacho que cogió éste cuando se lió con los pestiños a solas...

Hasta los acentos cambian. De pronto mitad en broma mitad en serio se habla como los mayores. Como cuando se vuelve a Andalucía y en una tienda, la dependienta, por su edad y su talante no parece una señora cualquiera sino una tita sonriente que habla como hablan las titas. Como cuando se rescatan palabras que decía una abuela que ya no está. Expresiones sólo oídas de las puertas de casa para adentro y que de pronto, al volverse comunes, nos devuelven un sentido de pertenencia.

Y en eso consiste básicamente la "polvoroneada". En reafirmar una pertenencia. A una familia y a unas costumbres: a un pueblo. A una época que tiene su música, pues aunque en el colegio se les enseñara que hay "Navidades blancas" en las que las campanas suenan a "jingle bells", y un reno de nariz roja que se llama Rudolph, se prepara para tirar de un trineo, nada es más Navidad que ir con los pastores -¡Vamos, pastores vamos!- o acompañar en su viaje a una Virgen que va caminando -¡viva el amor, caminito de Belén, viva el laurel!- para ver a un niño "¡que ha nacido ya!", y se echa un ancla imaginaria hacia los orígenes. Se vuelve a pertenecer a un paraje, se recupera un talante.

 


No importa la distancia ni el tiempo transcurrido. Importa lo que quizás distingue al andaluz de otros pueblos, el poder vincularse al universo sin dejar de ser lo que se es en el origen. El día termina con el recuento y el reparto del producto de la labor. Porque buena parte -sin duda la mayor parte- de lo producido en el día
, se regalará.

los primeros polvorones

En cada casa se harán canastitas, que envueltas en papel celofán, con lazos navideños y conteniendo mayor o menor cantidad de polvorones -dependiendo del tamaño de la familia y de la insistencia de sus miembros- se regalarán a los buenos amigos. Y así, el símbolo navideño de esta familia andaluza se extenderá por los hogares de gente cercana que, acercándose la Navidad, llamarán por teléfono para asegurarse de estar incluidos en la lista. Y con cada canastita se irán no sólo harina, manteca, azúcar, maní y canela, elaborados y compactados al son de unos villancicos. Irá también el producto de una nueva tradición. De la interpretación que hacen de las costumbres de sus mayores quienes crecieron lejos de la tierra, pero cerca de los valores más entrañables de sus tradiciones.


La receta secreta de los polvorones andalumeños:

Para 1kg de harina cruda:
aprox 300gr de maní tostado, pelado, molido.
aprox 250gr de manteca de cerdo.
aprox. 300gr de azúcar impalpable.
Canela y especias a gusto.

Tostar la harina en una cacerola a fuego medio. No dejar de revolver porque se quema muy rápido; tostarla hasta que quede "doradita". Dejar enfriar (como dura mucho en enfriar, es preferible tostarla la víspera).
Batir la manteca hasta que quede con la apariencia de un "merengue".
Colocar la harina en un recipiente grande y agregarle el azúcar, el maní y las especias. Mezclar muy bien. Agregar la manteca y volver a mezclar todo.
A medida que pasa el tiempo y que se va amasando, el maní va soltando su aceite, brindándole así a la mezcla la grasa necesaria para lograr la textura y sabor al polvorón

Una vez lista la mezcla, ir llenando moldes (de preferencia rectangulares y aprox. de 1 cm de profundidad). Compactar muy bien la mezcla, presionando con las manos y con un rodillo de amasar.
Cortar los polvorones con un molde redondo de tamaño apropiado.... Envolverlos.

Nota: Es imprescindible compactar muy bien la masa para que se formen los polvorones y no se desmoronen al cortarlos y envolverlos.


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