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el cajón del maestro


Verano
por Juan José Ruiz Plaza   


Era yo aún un chaval -fíjense si hará ya tiempo- cuando comenzaron a llegar a mi tierra los primeros turistas. Pantalones cortos, camisas de flores, enormes cámaras colgadas al hombro, foto obligada con la chiquillería junto a las viejas murallas de la Catedral a cambio de una tableta de jugoso y refrescante chicle americano, y algunas monedas cazadas al vuelo y que luego, en el puerto, colocábamos en la vía para que las aplastara el tren que traía el mineral de las minas de Alquife.

la vieja Roquetas de Mar

Después, con un buen clavo de herradura, Paco el de los caballos se encargaría de hacerle un agujero en el centro por donde pasábamos el largo cordel que nos serviría de reata para bailar el trompo.

Con el paso de los años, mi tierra y yo fuimos creciendo. Almería era entonces "la ciudad donde el sol pasa el invierno". Y al reclamo del sol y de nuestro talante cordial y hospitalario, a aquellos primeros turistas de película le siguieron otros... y otros más... y luego fueron cientos... "En Almería no serás un extraño"... y luego miles... y nuestras playas se abrieron al mundo en una invitación a disfrutar de un verano que no acaba... Desde las páginas de los diarios nacionales un bigotudo caballero cubierto con sombrero canotié, con bañador enterizo a rayas horizontales y dos calabazas atadas a la cintura, corría ilusionado... "Loco por bañarse en Almería"... hacia este regazo de Andalucía que se llama Roquetas de Mar.

En tan sólo unos años, el pequeño pueblo de pescadores surgido a la sombra del Castillo de Las Roquetas, o de Santa Ana, había realizado el gran milagro de la transformación agrícola. Junto al mar inmenso de aguas limpias y eternamente azules se extendía ahora otro bajo cuya refulgente cubierta de plástico bulle imparable una vida que, a fuerza de trabajo, ha convertido estas tierras en la huerta de Europa.

Y ahora, un nuevo milagro: muy cerca del poblado de colonos de Las Marinas, como si brotase de la arena limpia y áurea de sus playas, está creciendo esa urbanización turística ejemplar que hace al hombre del sombrero y las calabazas correr como..."loco por bañarse en Almería".

Yo también, como él, andaba como loco por venir a Roquetas. En septiembre del 66, unas oposiciones recién aprobadas y una plaza en la Parroquial de Niños agregada al Grupo Escolar Virgen del Rosario me trajeron por primera vez a estas tierras.


Coche de línea y macuto lleno hasta arriba de ilusiones y ganas de trabajar. Al año siguiente tuve que marcharme
-cosas de la mili- pero esta tierra y, sobre todo, estas gentes se me habían metido tan adentro, que volver era ya para mí una necesidad vital. Por eso, cuando Dios y el concurso general de traslados me lo permitieron, volví a tomar mi macuto con toda su carga intacta y... atravesando lomas, dejé mi pueblo atrás... hasta unirme al vuelo de las gaviotas.

restos del castillo

Ahora volvía con una familia recién estrenada y a bordo de un "seiscientos" de aquellos que tenían los faros saltones, como los ojos de un saltamontes. De eso hace ya 27 años.

En todo este tiempo he seguido asistiendo al milagro diariamente repetido de esta tierra que sigue alimentando a Europa con sus mejores productos extratempranos y que ve como aquellos primeros turistas que se tostaban al sol de estas playas, son ahora una legión incontable que ha elegido esta tierra como su lugar de descanso. Quien no vuelve a Roquetas es, sencillamente, porque se ha quedado a vivir entre nosotros.

el profundo azul del mar de Roquetas

Porque aquí... siempre es verano. O al menos eso es lo que piensan los que vienen a compartir sus vacaciones con nosotros. Pero para los roqueteros el verano no empieza hasta la noche de San Juan.

Aunque los libros se sigan empeñando en que la primavera cierra sus páginas floridas y entrega el testigo el 21 de junio, y los medios de comunicación nos hayan bombardeado con eso del solsticio y del día más largo y de la noche más corta y de que si la eclíptica y que si las isotermas... el pueblo liso y llano, que es el que más sabe, sabe muy bien que el verano, lo que se dice el verano, no llega hasta que nosotros no le alumbramos el camino encendiendo mil hogueras en la noche mágica de San Juan. Entonces si; entonces el verano, que estaba ahí escondido detrás de una nube junto a la bocana, sabe que es la hora y se nos cuela, playa arriba, entre vasos de sangría y costillas a la brasa, desde el mar hasta el piquito más alto de la carretera de Alicún. Ahora ya si es verano.

Si a la hora de las brujas te mojaste la cara con el agua del mar, si te has lavado los ojos para romper los viejos maleficios trasnochados del tracoma o la legaña... ya si es verano. Y el verano, ya se sabe, es tiempo de fiesta. Fiestas junto al mar en esta tierra bendita con 13 kilómetros de limpia y blanda arena.

 


procesión de Santa Ana

San Juan, la Virgen del Carmen, Santa Ana, la Virgen del Mar... ¡Siempre el mar!

Pero la fiesta más popular, el abrazo más entrañable entre Roquetas y el Mar llegará el 26 de julio. Pueblo y Puerto se unen, hombro con hombro bajo las trabajaderas, para procesionar a Santa Ana hasta la explanada del faro, a los pies del viejo castillo de Las Roquetas. Y allí, bajo la atenta mirada de La Virgen del Carmen, el pueblo lavará la cara a la madre de María con una zafa de agua limpia del Mediterráneo.
Luego, la sobrante se devolverá a la mar y ésta quedará bendita para que así proteja durante todo el año a los pescadores. Ahora hay que embarcarse y recorrer en una procesión festiva toda la costa. Ya anochecido, las imágenes volverán a su capilla en el Puerto y la playa volverá a ser un ascua de luz. Y a la luz de la fiesta volverán a hermanarse los pueblos, y no habrá más idioma que el del hombre que extiende la mano hacia el hombre y le invita a beber y a vivir.

Y así seguirá el verano... y los veranos... en esta tierra en la que el sol pasa el invierno.

Yo he rebuscado en el viejo cajón del maestro y he encontrado este pequeño poemilla dedicado al Castillo de Santa Ana y a su fiesta, con el que un día quise invitar a mis alumnos a que me escribieran sobre rincones del pueblo. ¡Ojalá os guste!

Castillo de Santa Ana

CASTILLO DE SANTA ANA

En el puerto de mi pueblo,
entre casitas de plata,
vive un Gigante de piedra tendido siempre en la playa.
El agua le saca burla:
le enseña su lengua blanca
y le escupe en la barriga
con su saliva salada.
Y el Gigante, que es muy bueno, no protesta ni se enfada,
ni asusta a las gaviotas
que arañan su rancia calva
ni a los niños que, jugando, labraron sobre su espalda
aquel tobogán de risas
donde la luna resbala.
El Gigante de mi pueblo
hoy se ha vestido de gala:
se ha recortado las uñas,
se ha repeinado la barba,
se ha puesto un gorro de nubes y un pañuelillo de nácar;
se ha calzado botas nuevas
de arena limpia y dorada...
ha barrido bien la puerta,
ha puesto zafa y toalla...
y está haciendo una muñeca con conchicas de la playa
para dársela a la Niña
que viene con Santa Ana, cuando esta tarde de julio
baje a lavarse la cara.


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