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Quisiéramos darte la bienvenida viajero con un fandango de nuestra
tierra:
"Aquellos toques de tambor
que escuchaba de niño a mi padre
ahora los toco y los siento
y me calientan la sangre
ahora que mi padre es viento."
El tambor y la flauta que tantas veces ha sonado en las fiestas y romerías del Andévalo,
"el Pollo" natural de Cartaya que una madrugada nos dejó descansando una
fiesta, aguardiente y caballos, en la calle todavía continuaban. Su padre fue el
"Gallo", un tamborilero de solera, ganador de algunos premios en Madrid.
Viejas flautas y tambores suenan y rompen el silencio mañanero por las calles empedradas
mientras niños y mayores lo siguen y otros se asoman a la ventana en lo que se denominan
"toques de Diana".

"El Pollo" avanza ahora y se para cerca de una puerta amiga y toca unas
sevillanas de los hermanos Toronjo, "Flores, flores a ella" nos dice la flauta
mientras el tambor suena y los del corro permanecen expectantes.
Geranios en algún balcón, algunas macetas de "pilistras" en los pasillos de
alguna casa abierta, una bella muchacha con un clavel en el pelo recién bañada y
perfumada que tal vez encontrará en esta ocasión amor eterno.
"Ay amor mi cama es ancha" le diría yo. Me he convertido por momentos en un
cohetero y rompo el silencio con pólvora, con más y mas pólvora para que más y mas
muchachas como estas se asomen a esta procesión mañanera de toques antiguos.
Sé que en algún tramo de esta calle o tal vez en la siguiente
unos ojos me obligarán a parar, tal vez asomada en la baranda. Tal vez tras las rejas de
una ventana una linda morena o tal vez rubia (suelen ser menos frecuentes) obligue al
jilguero a posarse en el limonero y cantar desde allí todo su repertorio. "Ven amor,
te llevaré conmigo" parece decirle.
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Entrego los bártulos de la cohetería (una tabla con dos cáncamos, los cohetes los lleva
un niño) a algún aficionado a la pólvora y entablo diatriba amorosa con esta mi nueva
dueña, mientras alguna vecina alcahueta toma nota de los rasgos de este forastero.
"El pollo" sigue avanzando con la comitiva con su alegre toque. Yo me quedo.
Nada mejor para el amor, que este sonido de fondo.
Nos veremos luego en los demás actos de la fiesta y tal vez para siempre nuestra vida
será un acto, un sublime acto de amor.
Sultanas de coco - ¡toma niña para ti! - tomamos, mientras ella me cuenta las peculiares
características de la fiesta, mientras se emociona a la salida de la virgen de su ermita,
mientras contempla como una vecina llora la muerte de su hijo junto al altar, mientras ve
como bailan la antiquísima danza de las espadas junto a la virgen.
Sentados en una silla de anea, en un patio, meses mas tarde una muchacha y un muchacho
hablan de sus cosas, proyectos e incertidumbres, nuevos y viejos caminos.
La caravana del tiempo no se detiene y años mas tarde le nacerán retoños
en Sevilla primero, luego en Madrid, que por Navidad vendrán a ser acogidos en los brazos
de una cariñosa anciana que los llenará de atenciones - "Mis niños, mis
niños" - y aquel viejo campesino echará una lagrimita de emoción
casi a escondidas. ¡Porque los hombres no lloran!
Estos niños siguen, a la distancia siendo del Sur. De un Sur donde siempre encontraron
el calor humano, ese calor que siempre esperará su vuelta. |
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