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Y ahora todo está en sus manos, doctor
 
por Rosa Romero


Era una noche diferente, no sé por qué, pero se notaba algo en el ambiente.
Fue un 26 de Septiembre, caminando hacia el 27. Yo celebraba mi cumpleaños y estaba en el teatro; nunca pude recordar que obra fui a ver, porque los acontecimientos lo borraron todo, le quitaron importancia a todo lo demás.
De repente, entre el público corre la noticia, nadie la dio desde el escenario, el propio público fue el portavoz, asombrado, silencioso.
El torero había muerto, inexplicable, temprana y rápidamente. Se había ido sin permitir que lo asiéramos a la vida, sin dejar que la sangre de sus admiradores lo amarraran, lo mantuvieran en este mundo un poco más.

En aquel teatro de Córdoba todo era sobrecogimiento: El silencio espeso, la incredulidad manifiesta
. Fue una de esas cosas que pesan, que cortan el ambiente de tal forma que sólo deseas escapar, despertar... pero era verdad y no podías más que asimilarlo.
Fue en Pozoblanco, allá por el año mil novecientos ochenta y pocos. Lo trasladaron al hospital Reina Sofía...
pero no pudo ser. El camino fue demasiado largo...
No puedo explicar la razón... o sí, pero aquella tragedia me impactó de sobremanera. Y no creo que fuera porque en aquella época yo tenía muchísimos amigos de Pozoblanco, ni porque trabajara también en aquel hospital... o tal vez si.
Lo cierto es que los comentarios del hecho me persiguieron durante mucho tiempo, en casa, en el trabajo, con los amigos...
Pero creo que la razón más importante fue aquella última escena, repetida una y mil veces por televisión de aquel hombre joven, herido de muerte, con la tez pálida, un agujero en la ingle y en el alma, que dice: "Tranquilos, no pasa nada"... o algo así.


Paquirri herido de muerte

Él, que ve que se le escapa la vida, tranquiliza a sus seguidores, amigos y cuadrilla,
"no pasa nada". Debieron ser las últimas palabras que pronunció porque la muerte producida por hemorragia es dulce y me da la impresión de que cuando las dijo ya debía estar a punto de entrar en shock hipovolémico.
Me impresionó tanto, que aún ahora parece que lo estoy viendo, recostado, inspirando confianza y preocupándose para que no se preocupen los demás.

Esa imagen me ha venido muchas veces a la mente cuando pienso en Andalucía. Es tanta su grandeza, como grande era el corazón de aquel hombre.
Para mí el espíritu de los andaluces es así. Tratan de no dar importancia a las cosas, aunque estas sean importantes, no porque no la tengan, sino porque no vale de nada acrecentar miedos y barruntar peligros que hacen que la vida sea más insatisfactoria.
Es una filosofía de vida mal interpretada a veces por el foráneo; y a mí, que lo soy, siempre me ha preocupado esa poca capacidad de análisis sobre el verdadero carácter andaluz. Se quedan a veces, con la risa, el cachondeo y ya está.

¿Qué hay de la hondura de sentimientos?.
¿Cómo puede existir un cante como el flamenco si no es por eso?
¿Qué hay de esos amores desgarrados? ¿Y de ese amor a los hijos y a la tierra?



La expresión de tanta sensibilidad engrandece al pueblo andaluz y debe enseñar a otros muchos a ser capaces de expresar con el alma los sentimientos del alma.

Por eso quería que el recuerdo de aquel hombre, transmitiendo serenidad, haciéndonos comprender que en realidad nada es importante, o mejor aún: todo si es tan importante que nada lo es más que otra cosa, representara la grandeza del corazón andaluz.
Podría hablar de su hacer en el toreo, pero no sabría.

dolor y duelo

También podría hablar de su viuda, su herencia, sus hijos... pero de eso ya se han ocupado hasta la saciedad todas las mal llamadas revistas del corazón (porque el corazón es otra cosa, ¿no?).

Sólo he podido hablar de cómo aquella escena me ha hecho reflexionar sobre el verdadero sentimiento que el andaluz esconde en su alma; de cómo puede reír cuando llora por dentro porque sabe que la vida es un instante y que cada uno es responsable de cómo lo viva y cómo lo sienta

Sólo he podido sentir la vida, en el recuerdo de aquella imagen de muerte.


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